Una Nueva Tierra (Un despertar al propósito de su vida) – Eckhart Tolle

Cuando nos abstenemos de tapar el mundo con palabras y rótulos, recuperamos ese sentido de lo milagroso que la humanidad perdió hace mucho tiempo, cuando en lugar de servirse del pensamiento, se sometió a él. La profundidad retorna a nuestra vida. Las cosas recuperan su frescura y novedad. Y el mayor de los milagros es la experiencia de nuestro ser esencial anterior a las palabras, los pensamientos, los rótulos mentales y las imágenes. Para que esto suceda debemos liberar a nuestro Ser, nuestra sensación de Existir, del abrazo sofocante de todas las cosas con las cuales se ha confundido e identificado. Es de ese proceso de liberación del que trata este libro.

Muchas personas agotan buena parte de su vida en la preocupación obsesiva por las cosas. Es por es que uno de los males de nuestros tiempos es la proliferación de los objetos. Cuando perdemos la capacidad de sentir esa vida que somos, lo más probable es que tratemos de llenar la vida con cosas. A manera de práctica espiritual, le sugiero investigar su relación con el mundo de las cosas observándose a si mismo y, en particular, observando las cosas designadas con la palabra “mi”. Debe mantenerse alerta y ver honestamente si su sentido de valía está ligado a sus posesiones. ¿Hay cosas que inducen una sensación sutil de importancia o superioridad? ¿Acaso la falta de esas cosas le hace sentir inferior a otras personas que poseen más que usted? ¿Menciona casualmente las cosas que posee o hace alarde de ellas para aparecer superior a los ojos de otra persona y, a través de ella, a sus propios ojos? ¿Siente ira o resentimiento cuando alguien tiene más que usted o cuando pierde un bien preciado?

“Todo aquello que el ego persigue y a lo cual se apega son sustitutos del Ser que el ego no puede sentir. Usted puede valorar y cuidar las cosas pero si siente apego es porque es cosa del ego. Y realmente no nos apegamos nunca a las cosas sino al pensamiento que incluye las nociones de “yo”, “mi” o “mío”. Siempre que aceptamos totalmente una pérdida, trascendemos el ego, y entonces emerge lo que somos, ese Yo Soy que es la conciencia misma”. Entonces ella dijo, “ahora comprendo algo que dijo Jesús y a lo cual nunca le había encontrado mucho sentido: “Si alguien te pide la camisa, entrégale también tu capa”. “Así es”, le respondí. “no significa que no debamos cerrar la puerta. Significa que algunas veces desprenderse de las cosas es un acto mucho más poderoso que el hecho de defenderlas o de aferrarse a ellas”.

¿Es un error sentirnos orgullosos de lo que poseemos o resentir a los demás por tener más que nosotros? En lo absoluto. Esa sensación de orgullo, la necesidad de sobresalir, el aparente fortalecimiento del saber en virtud del “más” y la mengua en virtud del “menos” no es algo bueno ni malo: es el ego. El ego no es malo, sencillamente es inconsciente. Cuando nos damos a la tarea de observar el ego, comenzamos a trascenderlo. No conviene tomar al ego muy en serio. Cuando detectamos un comportamiento egotista, sonreímos. A veces hasta reímos. ¿Cómo pudo la humanidad tomarlo en serio durante tanto tiempo? Por encima de todo, es preciso saber que el ego no es personal, no es lo que somos. Cuando consideramos que el ego es nuestro problema personal, es sólo cuestión de más ego.

Las formas de pensamiento de mi y mío, más que, quiero, necesito, preciso tener y no es suficiente, no se relacionan con el contenido sino con la estructura del ego. El contenido es intercambiable. Mientras no se reconozca la existencia de esas formas de pensamiento y permanezcan en el inconsciente, estamos sujetos a creer en ellas; estamos condenados a manifestar esos pensamientos inconscientes, condenados a buscar sin encontrar, porque cuando operan esas formas de pensamiento no hay nada que pueda satisfacernos, ninguna posesión, ningún lugar, ninguna persona ni ninguna condición. Independientemente de lo que tengamos u obtengamos, no podremos ser felices. Siempre estaremos buscando algo que prometa una mayor realización, que encierre la promesa de completar el ser incompleto y de llenar esa sensación de carencia que llevamos dentro.

El género se convierte en identidad. La identificación con el género se promueve desde los primeros años de vida y obliga a asumir un papel y a amoldarse a unos patrones condicionados de comportamiento que inciden en todos los aspectos de la vida y no solamente en la sexualidad. Es un papel en el cual quedan atrapadas totalmente muchas personas, generalmente en mayor medida en las sociedades tradicionales que en la cultura occidental, donde la identificación con el género comienza a disminuir ligeramente. En algunas culturas tradicionales, el peor destino para una mujer es ser soltera o infértil, y lo peor para un hombre es carecer de potencia sexual y no poder producir hijos. La realización de la vida es sinónimo de la realización de la identidad de género.

El esfuerzo de perdonar y de soltar no sirve. El perdón se produce naturalmente cuando vemos que el rencor no tiene otro propósito que reforzar un falso sentido del ser y mantener al ego en su lugar. Ver es liberar. Cuando Jesús enseñó que debemos “perdonar a nuestros enemigos” básicamente se refería a deshacer una de las principales estructuras egotistas de la humanidad.

Los patrones egotistas de los demás contra los cuales reaccionamos con mayor intensidad y los cuales confundimos con su identidad, tienden a ser los mismos patrones nuestros pero que somos incapaces de detectar o develar en nosotros. En ese sentido, es mucho lo que podemos aprender de nuestros enemigos. ¿Qué es lo que hay en ellos que más nos molesta y nos enoja? ¿Su egoísmo? ¿Su codicia? ¿Su necesidad de tener el poder y el control? ¿Su deshonestidad, su propensión a la violencia, o cualquier otra cosa? Todo aquello que resentimos y rechazamos en otra persona está también en nosotros. Pero no es más que una forma de ego y, como tal, es completamente impersonal. No tiene nada que ver con la otra persona ni tampoco con lo que somos. Es solamente si lo confundimos con lo que somos que su observación puede amenazar nuestro sentido del Ser.

Debemos reconocer al ego por lo que es: una disfunción colectiva, la demencia de la mente humana. Cuando logramos reconocerlo por lo que es, ya no lo vemos como la identidad de la otra persona. Una vez que reconocemos al ego por lo que es, es mucho más fácil no reaccionar contra él. Dejamos de tomar sus ataques como algo personal. Ya nonos quejamos, ni acusamos, ni buscamos la falta en los demás. Nadie está equivocado. Es sólo cuestión del ego que mora en los demás. Comenzamos a sentir compasión cuando reconocemos que todos sufrimos de la misma enfermedad de la mente, la cual es más grave en unas personas que en otras. Ya no avivamos el fuego del drama que caracteriza a todas las relaciones egotistas. ¿Cuál es el combustible? La reactividad. El ego se nutre de ella.

¿Deseamos la paz o el drama?
Deseamos la paz. No hay nadie que no desee la paz. Pero hay una parte de nosotros que también desea el drama, el conflicto. Es probable que usted no lo sienta en este momento. Quizás deba esperar a que se produzca una situación o quizás sólo un pensamiento que desencadene una reacción: alguien que lo acuse de esto o aquello, que no reconozca lo que hace, que invada su territorio, que cuestione su forma de proceder, una discusión sobre dinero… ¿Siente la oleada intensa de fuerza que lo estremece, el miedo, disfrazado quizá de ira u hostilidad? ¿Puede oír el tono estridente, más fuerte o más bajo de su voz? ¿Puede tomar conciencia de cómo se acelera su mente para defender su posición, justificar, atacar y culpar? En otras palabras, ¿puede despertar en ese momento de inconciencia? ¿Puede sentir que hay algo dentro de usted que está en pie de guerra, algo que se siente amenazado y desea sobrevivir a toda costa, que precisa del drama para afirmar su identidad como el personaje victorioso de esa producción teatral? ¿Siente que hay algo dentro de usted que prefiere tener la razón en lugar de estar en paz?

La realización espiritual consiste en ver claramente que no somos lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos; que no podemos encontrarnos en todas esas cosas que vienen y se van continuamente. Buda fue quizás el primer ser humano en ver esto claramente, de tal manera que anata (la ausencia del yo) se convirtió en uno de los puntos centrales de su enseñanza. Y cuando Jesús dijo, “niégate a ti mismo”, lo que quiso decir fue “niega (y, por tanto, deshace) la ilusión de yo”. Si el yo, el ego, fuera verdaderamente lo que soy, sería absurdo “negarlo”.

La fuerza que motiva el comportamiento del ego, cualquiera que éste sea, siempre es la misma: la necesidad de sobresalir, de ser especial, de tener el control; la necesidad de tener poder, de recibir atención, se poseer más. Y, por supuesto, la necesidad de sentir la separación, es decir, la necesidad de la oposición, de tener enermigos.

Lo que realmente importa no es la función que cumplimos en este mundo, sino si nos identificamos hasta tal punto con esa función que ella se apodera de nosotros y se convierte en el personaje de una drama que representamos. Cuando representamos personajes estamos inconscientes. Cuando reconocemos que estamos representando un personaje, ese simple reconocimiento crea una separación enre nosotros y el personaje. Es el comienzo de la liberación.

Nunca es la situación la causa principal de la infelicidad, sino lo que pensamos de ella. Debemos tomar conciencia de nuestros pensamientos y separarlos de la situación, la cual siempre es normal y siempre es como es. Por un lado está la situación o el hecho, y por el otro está lo que pensamos sobre ellos. En lugar de inventar historias, debemos atenernos a los hechos.

No debemos buscar la felicidad puesto que no la encontraremos. La búsqueda es la antítesis de la felicidad. La felicidad es evasiva, mientras que podemos liberarnos ya mismo de nuestra infelicidad enfrentándola como es, en lugar de inventar historias sobre ella. La infelicidad opaca nuestro estado natural de bienestar y paz interior, fuentes reales de la verdadera felicidad.

Todas las motivaciones del ego están encaminadas a engrandecernos y favorecer nuestros intereses y algunas veces las disfrazamos muy bien para que ni siquiera la persona quien opera el ego las pueda reconocer.

Ram Dass decía, “Si te crees muy iluminado, ve y pasa una semana con tus padres”. Es un buen consejo. La relación con los pades no solamente es la relación primordial que establece el tono para todas las demás relaciones subsiguientes, sino que también es una buena prueba para nuestro grado de presencia. Mientras más pasado compartido haya en una relación, más debemos estar presentes; de lo contrario nos veremos obligados a revivir el pasado una y otra vez.

El sufrimiento nos ayuda a adentrarnos en nosotros mismos. La paradoja es que el sufrimiento se debe a la identificación con la forma. El sufrimiento es, en gran medida, producto del ego, aunque con el tiempo lo destruye, pero solamente hasta tanto se trae el sufrimiento a la conciencia.

Una lección esencial sobre el arte de vivir que todos debemos aprender es a hacer lo que las situaciones nos exigen sin que por ello nos convirtamos en un personaje con el cual identificarnos.

Si el drama del ego tiene algún propósito, éste es indirecto: crear cada vez más sufrimiento en el planeta, el cual finalmente destruye el ego, pese a ser creado por él. Es el fuego en el cual se consume a sí mismo el ego.

Decídase a renunciar a definirse, ante usted mismo y antes los demás. No perecerá. Vivirá. Y no se preocupe por la manera como los demás lo definen. Cuando lo definen, ellos se limitan, de manera que ése es problema de ellos. Cuando se relacione con la gente, no asuma principalmente un papel o un personaje. Sea solamente un campo de Presencia consciente.

La infelicidad es una enfermedad mental y emocional creada por el ego, la cual ha alcanzado proporciones epidémicas. Es el equivalente interior de la contaminación ambiental de nuestro planeta. Los estados negativos como la ira, la ansiedad, el odio, el resentimiento, el descontento, la envidia, los celos y demás, no se ven como negativos sino que se consideran totalmente justificados y además no se perciben como nacidos de nosotros mismos sino de alguien más o de algún factor externo. “Te hago responsable de mi sufrimiento”. Esto es implícitamente lo que dice el ego.

Además, el ego suele equivocarse al considerar que el sufrimiento o la negatividad le producen placer porque se fortalece a través de ellos hasta cierto punto.

Siempre que haya infelicidad latente (o manifiesta) en su vida, vea cuáles de estos pensamientos son aplicables y proporcióneles contendo de acuerdo con su situación personal:

“Algo debe suceder en mi vida para que yo pueda alcanzar la paz (la felicidad, la realización, etcétera). Y resiento que no haya sucedido todavía. Quizás con mi resentimiento logre que suceda finalmente”.
“Algo sucedió en el pasado que no debió suceder y lo resiento. Si eso no hubiera sucedido, tendría paz ahora”.
“Me está sucediendo algo que no debería sucederme y me está impidiendo tener paz”.

Muchas veces, las creencias insconscientes apuntan a una persona, de manera que la palabra “suceder” se reemplaza por “hacer”.

“Deberías hacer esto o aquello para que yo pueda tener paz. Y resiento que no lo hayas hecho. Quizás con mi resentimiento logre que lo hagas”.
“Algo que tú (o yo) hicimos, dijimos o dejamos de hacer en el pasado me está impidiendo tener paz”.
“Lo que haces o no haces ahora me está impidiendo tener paz”.

Para poner fin a la desgracia que se ha cernido sobre la condición humana durante miles de años, debemos comenzar con nosotros mismos y asumir la responsabilidad por nuestro estado interior en todo momento. Eso significa que debe ser ahora mismo. Pregúntese si hay negatividad en su interior en este mismo momento. Entonces preste atención a sus pensamientos y también a sus emociones. Esté alerta a esa infelicidad latente a la cual me referí anteriormente, en cualquiera de sus formas: descontento, nerviosismo, hastío, etcétera. Esté alerta a los pensamientos que aparentemente justifican o explican esa infelicidad pero que en realidad son los causantes de la misma. Tan pronto como tome conciencia de un estado negativo en su interior no piense que ha fallado. Significa que ha tenido éxito. Mientras no hay esa conciencia, prevalece la identificación con los estados interiores, y esa identificación es el ego. Con la conciencia se suspende la identificación con los pensamientos, las emociones y las reacciones. Este estado no debe confundirse con la negación. Al reconocerse los pensamientos, las emociones y las reacciones, se suspende automáticamente esa identificación. Entonces cambia nuestro sentido de lo que somos, nuestra sensación de ser: antes éramos pensamientos, emociones y reacciones; ahora somos conciencia, la Presencia consciente que observa esos estados.

Podríamos incluso decir que la noción de “mi vida” es el delirio original de la separación, la fuente del ego. Si yo y la vida somos dos, si estoy separado de la vida, entonces estoy separado de todas las cosas, de todos los seres, de todas las personas. ¿Pero cómo podría estar separado de la vida? ¿Cuál “Yo” podría existir separado de la vida, separado del Ser? Es completamente imposible. Por consiguiente, “mi vida” no puede existir y no tengo una vida. Soy la vida. Yo y la vida somos uno. No puede ser de otra manera. ¿Entonces cómo podría perder mi vida? ¿Como podría perder algo que no poseo? ¿Cómo podría perder algo que Yo Soy? Es imposible.

Durate miles de años, la humanidad se ha dejado poseer cada vez más de la mente, sin poder reconocer que esa entidad poseedora no es nuestro Ser. Fue a través de la identificación completa con la mente que surgió un falso sentido del ser: el ego. La densidad del ego depende de nuestro grado (el de nuestra conciencia) de identificación con la mente y el pensamiento. El pensamiento es apenas un aspecto minúsculo de la totalidad de la conciencia, la totalidad de lo que somos.

La voz de la mente relata una historia a la cual reacciona el cuerpo porque cree en ella. Esas reacciones son las emociones, las cuales alimentan nuevamente el pensamiento que las creó en primer lugar. Este es el círculo vicioso entre los pensamientos no examinados y las emociones, el cual da lugar al pensamiento emocional y a la fabricación de historias emocionales.

La voz del ego perturba constantemente el estado natural de bienestar del cuerpo. Casi todos los cuerpos humanos viven sometidos a una gran cantidad de esfuerzo y tensión, no porque se vean amenazados por algún factor interno, sino a causa de la mente. El cuerpo lleva pegado un ego y no puede hacer otra cosa que reaccionar a todos los patrones disfuncionales de pensamiento que conforman el ego. Así, un torrente de emociones negativas acompaña al torrente de pensamientos compulsivos incesantes.

Somos una especie que perdió su camino. En toda la naturaleza, en cada flor o árbol, en cada animal, hay una lección importante para nosotros, si tan solo nos detuviéramos a observar y oír. La lección del pato es la siguiente: sacudamos las alas, es decir, dejemos atrás la historia y volvamos al único lugar donde reside el poder: el presente.

El pasado vive en nosotros en forma de recuerdos, pero estos por sí mismos no representan un problema. De hecho, es gracias a la memoria que aprendemos del pasado y de nuestros errores. Los recuerdos, es decir, los pensamientos del pasado, son problemáticos y se convierten en una carga únicamente cuando se apoderan por completo de nosotros y entran a formar parte de lo que somos. Nuestra personalidad, condicionada por el pasado, se convierte entonces en una cárcel. Los recuerdos están dotados de un sentido de ser, y nuestra historia se convierte en el ser que creemos ser. Ese “pequeño yo” es una ilusión que no nos permite ver nuestra verdadera identidad como Presencia sin forma y atemporal.

El comienzo de la libertad implica que para liberarnos del cuerpo del dolor debemos, ante todo, reconocer que lo tenemos. Después, y más importante todavía, es preciso mantenernos lo suficientemente presentes y alertas para notar el cuerpo del dolor cuando se activa en nosotros, como un flujo pesado de emoción negativa. Cuando lo reconocemos, ya no puede fingir que es nosotros, ya no puede hacerse pasar por nosotros, ni vivir ni renovarse a través de nosotros.

¿Cómo podemos ser responsables cuando estamos inconscientes, cuando no sabemos lo que hacemos? Sin embargo, en el gran esquema de las cosas, los seres humanos están destinados a evolucionar hasta convertirse en seres conscientes, y quienes no lo hagan sufrirán las consecuencias de su inconsciencia. Estarán en disonancia con el ímpetu evolutivo del universo.

Cuando estamos completamente atrapados en el devenir del pensamiento y las emociones que lo acompañan, es imposible desprendernos porque ni siquiera sabemos que podemos hacerlo. Estamos atrapados en nuestra propia película o ilusión. Y hasta donde sabemos, nuestra reacción en la única reacción posible.

Estar presente siempre es una vía mucho más poderosa que hacer o decir, si bien algunas veces el hecho de estar presente puede dar lugar a palabras o actuaciones.

Satori es un momento de Presencia, es un instante en el cual dejamos de lado la voz mental, los procesos de pensamiento y su manifestación física en forma de emoción. Es el afloramiento de un espacio interior donde antes residían el tumulto y la perturbación causados por los pensamientos y las emociones.

En la quietud de la Presencia podemos sentir la esencia informe de nuestro ser y de los demás también. Reconocer la unicidad en nosotros mismos y en el otro es el verdadero amor, el verdadero interés y la verdadera compasión.

Cada vez que notan que han caído en un estado disfuncional, pueden optar por salir de esa identificación con el pensamiento y la emoción y entrar en estado de Presencia. Renuncian a resistirse, entran en un estado de alerta, quietud y unión con aquello que es, tanto interna como externamente.

Una pregunta frecuente es: “¿cuánto tiempo se necesita para liberarse del cuerpo del dolor?” Eso depende, por supuesto, de la densidad del cuerpo del dolor y del grado o intensidad del estado de Presencia de la persona. Pero la causa del sufrimiento que nos infligimos e infligimos a los demás no es el cuerpo del dolor sino la identificación con él. No es el cuerpo del dolor sino la identificación con él la que nos empuja a revivir el pasado una y otra vez y la que nos mantiene en un estado de inconsciencia. Por consiguiente, sería más importante preguntar lo siguiente: “¿Cuánto tiempo se necesita para dejar de identificarse con el cuerpo del dolor?”
Cuando sienta su cuerpo del dolor, no caiga en el error de pensar que hay algo malo en usted. Al ego le encanta cuando nos convertimos en problema. El reconocimiento debe ir acompañado de aceptación. Cualquier otra cosa lo debilitará. Aceptar implica permitirnos sentir lo que sea que estemos sintiendo en el momento. Es parte de la existencia del Ahora. No podemos discutir con aquello que es. Bueno, sí se puede, pero a costa del sufrimiento. Aceptando nos convertimos en lo que somos: vastos y espaciosos. Nos convertimos en el todo que somos, dejamos de ser un fragmento como lo cree el ego y damos paso a nuestra verdadera naturaleza. Y entonces somos uno con la naturaleza de Dios.

Mientras más limitada y más egotista sea nuestra idea de nosotros mismos, más atención prestaremos y más reaccionaremos ante las limitaciones del ego, ante la inconsciencia de los demás. Los “defectos” que vemos en los otros se convierten, para nosotros, en su identidad. Eso significa que veremos solamente el ego en los demás, reforzando así el nuestro. En lugar de mirar “más allá” del ego de los demás, fijamos nuestra atención en él. ¿Quién ve el ego? Nuestro ego.

Ni siquiera necesitamos alcanzar la realización, porque ya somos lo que somos. Pero sin la realización nuestro ser no puede proyectar su luminosidad sobre el mundo. Permanece en el ámbito de lo inmanifiesto, es decir, en nuestro verdadero hogar. Entonces somos como la persona que finge ser pobre mientras tiene cien millones de dólares en su cuenta, con lo cual el potencial de su fortuna jamás se manifiesta.

Ensaye lo siguiente durante un par de semanas para ver cómo cambia su realidad: dé a los demás todo lo que sienta que le están negando. ¿Le falta algo? Actúe como si lo tuviera, y le llegará. Así, al poco tiempo de comenzar a dar, comenzará a recibir. No es posible recibir lo que no se da. El flujo crea reflujo. Ya posee aquello que cree que el mundo le niega, pero a menos que permita que ese algo fluya, jamás se enterará de que ya lo tiene. Y eso incluye la abundancia. Jesús nos enseñó la ley del flujo y el reflujo con una imagen poderosa. “Den y se les dará. Recibirán una medida bien apretada y colmada”.

Pregúntese con frecuencia, “¿qué puedo dar en esta situación; cómo puedo servirle a esta persona, cómo puedo ser útil en esta situación?”.
No necesitamos ser dueños de nada para sentir la abundancia, pero si sentimos la abundancia interior constantemente, es casi segur que nos llegarán las cosas. La abundancia les llega solamente a quienes ya la tienen. Suena casi injusto, pero no lo es. Es una ley universal. Tanto la abundancia como la escasez son estados interiores que se manifiestan en nuestra realidad. Jesús lo dijo así: “Porque al que tenga se le dará más, y al que no tenga, aun lo que tiene se le quitará”.

No hay nada de malo con el psicoanálisis ni con tratar de develar el pasado, siempre y cuando no confundamos el hecho de saber sobre nosotros con el hecho de conocernos a nosotros mismos.

Todo aquello que averigüemos con el psicoanálisis o la observación propia es acerca de nosotros. No es lo que somos. Es contenido, no esencia. Ir más allá del ego implica salirnos del contenido. Conocernos a nosotros mismos es ser nosotros mismos y, para ello debemos dejar de identificarnos con el contenido.

La mayoría de las personas se definen a sí mismas a través del contenido de su vida. Todo lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos es contenido. El contenido es lo que absorbe por completo la atención de la mayoría de la gente y es aquello con lo cual se identifican. Cuando pensamos o decimos, “mi vida”, no nos referimos a la vida que somos sino a la vida que tenemos, o parecemos tener. Nos referimos al contenido: la edad, la salud, las relaciones, las finanzas, la situación laboral y de vida, y también el estado mental y emocional. Las circunstancias internas y externas de la vida, el pasado y el futuro, pertenecen al plano del contenido al igual que los sucesos, es decir, todo aquello que acontece.
¿Pero qué más hay aparte del contenido? Aquello que nos permite ser, el espacio interior de la conciencia.

Es imposible comprender este orden superior a través del pensamiento porque todo lo que pensamos es contenido, mientras que el orden superior emana del ámbito informe de la conciencia, de la inteligencia universal. Pero podemos vislumbrarlo y, lo que es más, podemos entrar en consonancia con él, haciéndonos partícipes conscientes del desenvolvimiento de ese propósito superior.

Es solamente si tenemos suficiente quietud interior y si se acalla el ruido del pensamiento que podemos tomar conciencia de la armonía oculta, de lo sagrado, del orden superior en el cual todo tiene su lugar perfecto y no podría ser de otra manera ni estar en otro lugar.

Tan pronto como sentimos la armonía oculta, lo sagrado, nos damos cuenta de que somos parte de eso mismo. Y cuando reconocemos esa verdad, nos hacemos partícipes conscientes de la misma. De esta manera, la naturaleza nos ayuda a entrar nuevamente en consonancia con la integralidad de la vida.

El pensamiento aísla las situaciones y los sucesos y los califica de buenos o malos, como si existieran por separado. La realidad termina fragmentada a base de depender excesivamente del pensamiento. Esta fragmentación, si bien es una ilusión, parece muy real mientras estemos atrapados en ella. Sin embargo, el universo es un todo indivisible en el cual todas las cosas están interconectadas y donde nada puede existir aisladamente.

La conexión profunda entre todas las cosas y todos los sucesos implica que los rótulos mentales de “bueno” y “malo” no son más que ilusiones.

Si quisiéramos devolvernos a encontrar la causa de cualquier suceso, tendríamos que remontarnos hasta el comienzo de la creación. El cosmos no es caótico. La palabra “cosmos” en sí significa orden. Pero no es un orden comprensible para la mente humana, aunque sí es posible vislumbrarlo a veces.

¿Qué implica no inmutarse ante las cosas que puedan suceder? Implica estar internamente alineados con lo que sucede. “Lo que sucede” se refiere al carácter del momento presente, el cual es siempre como es. Se refiere al contenido, a la forma adoptada por el momento presente, el cual es el único que puede existir. Estar en consonancia con lo que es significa estar en una relación con las cosas que suceden en la cual no hay resistencia interior. Significa no calificar mentalmente los sucesos como buenos o malos sino dejar que las cosas sean. ¿Significa eso que no debemos hacer nada por generar cambios en nuestra vida? Todo lo contrario. Cuando la base para toda la acción es la consonancia interior con el momento presente, la inteligencia de la Vida misma imprime poder a nuestros actos.

La relación más importante y primordial de la vida es la relación con el Ahora, o mejor aún, con cualquiera que sea la forma que adopte el Ahora, es decir, lo que es o lo que sucede.
Si la relación con el Ahora es disfuncional, esa disfunción se reflejará en todas las relaciones y en todas las situaciones de la vida. El ego podría definirse sencillamente como una relación disfuncional con el momento presente. Es en este momento cuando podemos decidir la clase de relación que deseamos tener con el momento presente.

El momento presente es inseparable de la vida, de tal manera que nuestra decisión se refiere realmente a la clase de relación que deseamos tener con la vida.
Una vez tomada la decisión de ser amigos con el momento presente, nos toca dar el primer paso: mostrarnos amigables con él, acogerlo independientemente de su forma de presentarse. Y no tardaremos en ver los resultados. La vida se torna amable con nosotros. La gente nos ayuda y las circunstancias cooperan. Pero es una decisión que debemos tomar una y otra vez, hasta que aprendemos a vivir naturalmente de esa manera.

Una pregunta crucial que debemos hacernos con frecuencia es ¿cuál es mi relación con el momento presente? Después debemos estar alertas para descubrir la respuesta. ¿Trato el Ahora apenas como un medio para llegar a una finalidad? ¿Lo veo como un obstáculo? ¿Lo estoy convirtiendo en mi enemigo? Puesto que el momento presente es lo único que tendremos, puesto que la vida es inseparable del Ahora, lo que la pregunta significa realmente es, ¿cuál es mi relación con la vida? Esta pregunta es una forma excelente de desenmascarar al ego y de entrar en el estado de Presencia. Aunque la verdad absoluta no está encarnada en la pregunta (en últimas, yo y el momento presente somos uno), es una guía importante hacia el camino correcto. Hágase esa pregunta con frecuencia, hasta que ya no la necesite.

¿Cómo trascender una relación disfuncional con el momento presente? Lo más importante es reconocerla en nosotros mismos, en nuestros pensamientos y en nuestros actos. Estamos en el presente en el momento mismo en que notamos que nuestra relación con el Ahora es disfuncional. Ver equivale a afloramiento de la Presencia. Tan pronto como vemos la disfunción, ésta comienza a desvanecerse. Algunas personas se ríen cuando ven esto. Con el reconocimiento viene el poder de elegir: la posibilidad de decirle “sí” al Ahora y de aceptarlo como amigo.

Cuando fijamos para el futuro la meta de liberarnos del ego, nos damos más tiempo y, más tiempo significa más ego. Examine con cuidado si su búsqueda espiritual es una forma disfrazada de ego. Hasta de deshacernos del “yo” puede ser una forma de querer más si la fijamos como una meta para el futuro. Darse más tiempo, es decir, el pasado y el futuro, es lo que alimenta y empuja al yo falso fabricado por la mente, y el tiempo vive en la mente.

El tiempo es la dimensión horizontal de la vida, la capa superficial de la realidad. Y está además la dimensión vertical de la profundidad, accesible solamente a través del portal del momento presente.

Eliminar al tiempo de la conciencia es eliminar al ego, es la única práctica verdaderamente espiritual.

A lo que nos referimos es a la eliminación del tiempo psicológico, la preocupación constante de la mente egotista con el pasado y el futuro, y su retiscencia a ser una con la vida viviendo en consonancia con la existencia inevitable del momento presente.

Cada vez que permitimos que el momento presente sea como es, disolvemos el tiempo y también el ego.

La alegría de Ser, la única felicidad verdadera, no se puede lograr a través de la forma, es decir, de las posesiones, los logros, las personas o los sucesos. Esa alegría nunca llega sino que emana de la dimensión informe que reside en nuestro interior, de la conciencia misma y, por tanto, es una con nuestra esencia.

Cuando nos sentimos satisfechos de no ser nadie en particular, contentos con no sobresalir, entramos en consonancia con el poder del universo. Lo que parece debilidad para el ego es en realidad la única fortaleza verdadera. La verdad del espíritu es diametralmente opuesta a los valores de nuestra cultura contemporánea y la forma como ésta condiciona el comportamiento de las personas.

Cuando el ojo no encuentra nada para ver, la nada de percibe como espacio. Cuando el oído no encuentra nada para oír, el vacío se percibe como quietud. Cuando los sentidos, diseñados para percibir la forma, se tropiezan con la ausencia de la forma, la conciencia informe que está detrás de la percepción y de la cual emana toda percepción, toda experiencia posible, ya no se oculta detrás de la forma. Cuando contemplamos la profundidad inconmensurable del espacio o escuchamos el silencio en las primeras horas del amanecer, algo resuena dentro de nosotros como en una especie de reconocimiento. Entonces sentimos que la vasta profundidad del espacio es nuestra propia profundidad y reconocemos que esa quietud maravillosa es nuestra más profunda esencia, más profunda que cualquiera de las cosas que conforman el contenido de nuestra vida.

Los Upanishads apuntan con esta verdad:
“Aquello que el ojo no puede ver, pero que hace posible que el ojo vea: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente adora aquí. Aquello que no puede oírse con los oídos, pero que hace posible que el oído oiga: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente que adora aquí… Aquello que no puede pensarse con la mente, pero que hace posible que la mente piense: sabed que no es otro que Brahma, el espíritu, y no lo que la gente adora aquí”.

Una vida humana sana equilibrada y fructífera es una danza entre dos dimensiones que conforman la realidad: la forma y el espacio.

La enfermedad colectiva de la humanidad radica en que las personas están tan inmersas en los sucesos, tan hipnotizadas por el mundo de las formas fluctuantes, tan absortas en el contenido de sus vidas, que han olvidado la esencia, aquello que está más allá del contenido, de la forma y del pensamiento. Están tan sumidas en el tiempo que han olvidado la eternidad, la cual es su origen, su hogar y su destino.

TAMBIÉN ESTO PASARÁ. Tiene un propósito más profundo: ayudarnos a tomar conciencia de lo efímero de todas las situaciones, lo cual se debe a la transitoriedad de todas las formas, buenas o malas. Cuando tomamos conciencia de esa transitoriedad de todas las formas, nuestro apego disminuye y dejamos de identificarnos hasta cierto punto con ellas. El desapego no implica que no podamos disfrutar de las cosas buenas que el mundo nos ofrece. En realidad nos ayuda a disfrutarlas todavía más. Una vez que reconocemos y aceptamos que todas las cosas son transitorias y que el cambio es inexorable, podemos disfrutar los placeres del mundo sin temor a la pérdida y angustia frente al futuro.

El hecho de reconocer que Esto también pasará trae consigo el desapego, y éste a su vez nos abre una nueva dimensión en la vida: el espacio interior. Cuando vivimos en el desapego, sin juzgar y sin resistirnos, logramos acceso a esa dimensión.

La conciencia del espacio representa no solamente la liberación del ego, sino también del materialismo y la materialidad. Es la dimensión espiritual, la única capaz de imprimir trascendencia y un verdadero significado a este mundo.

¿Por qué es que la “mayor felicidad” está hecha de “lo mínimo”? Porque la cosa o el suceso no son la causa de la felicidad aunque así lo parezca en un principio. La cosa o el suceso es tan sutil, tan discreto que compone apenas una parte de nuestra conciencia. El resto es espacio interior, es la conciencia misma con la cual no interfiere la forma. El espacio interior, la conciencia y lo que somos realmente en nuestra esencia son la misma cosa. En otras palabras, la forma de las cosas pequeñas deja espacio para el espacio interior. Y es a partir del espacio interior, de la conciencia no condicionada, que emana la verdadera felicidad, la alegría de Ser. Sin embargo, para tomar conciencia de las cosas pequeñas y quedas, es necesario el silencio interior. Se necesita un estado de alerta muy grande. Mantenga la quietud. Mire. Oiga. Esté presente.

El espacio interior es la fuente de toda creatividad. Una vez lograda la creación, la manifestación de la forma, debemos mantenernos atentos para que no surja la noción de que esa forma es “mía”. Cuando nos damos el crédito por lo logrado es porque el ego está de vuelta y ha relegado a segundo plano ese vasto espacio.

Esta es la realidad de la mayoría de las personas: tan pronto como perciben algo, el ego, ese ser fantasma, le da un nombre, lo interpreta, lo compara con otra cosa, lo acepta, lo rechaza o lo califica de bueno o malo. La persona es prisionera de las formas de pensamiento, de la conciencia del objeto.

El mayor impedimento para descubrir el espacio interior, para encontrar al experimentador, es fascinarse con la experiencia hasta el punto de perderse en ella. Es la conciencia extraviada en su propio sueño. Es dejarse atrapar hasta tal punto por cada pensamiento, por cada emoción y cada experiencia que en efecto permanecemos en una especie de ensoñación. Ese ha sido el estado normal de la humanidad durante miles de años.

El disfraz más perseguido para tapar la inquietud subyacente es el de las relaciones íntimas: el hombre o la mujer que “me hará feliz”. Pero claro está que también es una de las desilusiones más frecuentes. Y cuando la inquietud emerge nuevamente, la persona tiende a culpar a su pareja.

El propósito primario o verdadero de la vida no se encuentra en el plano externo. No tiene nada que ver con lo que hacemos sino con lo que somos, es decir, con nuestro estado de conciencia.

Nuestro propósito interno es el despertar. Es así de sencillo, es un propósito que compartimos con todos los demás seres humanos de este planeta, porque es el propósito de la humanidad.

No hay nada que podamos hacer para provocar el despertar. Lo que hagamos será cosa del ego, que estará buscando agregar el despertar o la iluminación a la lista de sus posesiones más preciadas para engrandecerse y adquirir todavía más importancia. De esa manera, en lugar de despertar, añadimos a la mente el concepto del despertar o la imagen de lo que es una persona iluminada, y nos esforzamos por vivir de acuerdo con esa imagen. Esforzarnos por ser como la imagen que tenemos de nosotros mismos o que otros tienen de nosotros no es vivir una vida auténtica sino representar otro de los personajes inconscientes del ego.

Muchas personas que se encuentran en las primeras etapas del proceso de despertar sienten que ya no saben a ciencia cierta cuál es su propósito externo. Aquello que mueve al mundo ya no las motiva. Al ver con tanta claridad la demencia de nuestra civilización, podrían sentirse aisladas hasta cierto punto de la cultura que las rodea. Hay quienes sienten que habitan en tierra de nadie, en medio de dos mundos. Ya el ego no dirige su destino pero la conciencia todavía no se ha integrado plenamente a sus vidas. No se ha producido la fusión entre el propósito interno y el propósito externo.

Mientras no tenga conciencia de Ser, usted buscará significado solamente en la dimensión del hacer y del futuro, es decir, en la dimensión del tiempo. Y todo significado o toda realización que usted encuentre en esa dimensión se disolverá o demostrará no ser más que una ilusión. El tiempo terminará por destruirlo indefectiblemente. Todo significado que encontremos en ese plano es verdadero solamente en término relativos y temporales.

No son las metas ni los actos los que son primordiales sino el estado de conciencia del cual emanan.

La separación entre el pensamiento y la conciencia, que es el centro del propósito primario, sucede cuando negamos el tiempo. No nos referimos al tiempo del reloj, sino al tiempo psicológico, es decir, el hábito afianzado de la mente de buscar la plenitud de la vida en el futuro donde no es posible hallarla y haciendo caso omiso de la única puerta de acceso a ella: el momento presente.

La paradoja está en que la base de la grandeza está en honrar los detalles del presente en lugar de perseguir la idea de la grandeza. El momento presente siempre es pequeño en el sentido de que siempre es simple, pero en él se encarna el mayor de los poderes. Es sólo cuando estamos en consonancia con el momento presente que logramos acceso a ese poder. Pero podría ser más atinado decir que ese poder tiene entonces acceso a nosotros, y a través nuestro, al mundo.

¿Cuál es el origen de la ansiedad, la tensión o la negatividad? El hecho de habernos apartado del momento presente. ¿Y a qué se debió eso? Al hecho de haber pensado que otra cosa era más importante. El haber olvidado nuestro propósito principal. Una pequeña equivocación, un error de percepción, y el resultado es un mundo de sufrimiento.

A medida que logramos estar en el presente y plenamente conscientes de lo que hacemos, nuestros actos se cargan de poder espiritual. En un principio es probable que no notemos los cambios en lo que hacemos, solamente en el cómo. El propósito primario es entonces permitir que la conciencia fluya en lo que hacemos. El propósito secundario es aquello que deseamos lograr a través de lo que hacemos. Mientras que anteriormente la noción del propósito se asociaba con el futuro, ahora hay un propósito más profundo que solamente podemos hallar en el presente, negando el tiempo.

El afloramiento de ese campo unificador de la conciencia entre los seres humanos es el factor más esencial de las relaciones en la nueva tierra.

No podemos permitir que un mundo demente nos diga que hay otro éxito aparte de un buen momento presente. ¿Y eso qué quiere decir? Que hay un elemento de calidad en lo que hacemos, hasta en la actividad más insignificante. Calidad implica cuidado y atención, que vienen de la conciencia. Nuestra Presencia es requisito para la calidad.

El fin y los medios son uno solo. Y si los medios no contribuyen a la felicidad del ser humano tampoco lo hará el fin. El resultado, el cual es inseparable de las actuaciones que condujeron a él ya está contaminado por esas actuaciones, y por ende, será fuente de más infelicidad. Ese es el karma que perpetúa la infelicidad.

Todo el viaje de la vida consta en últimas del paso que se da en el momento presente. Lo único que hay siempre es este paso, de tal manera que es preciso prestarle toda la atención. Esto no significa que no deba saber hacia dónde se dirige sino que el paso de este momento es lo primario mientras que el destino es secundario. Y lo que encontramos al llegar a nuestro destino depende de la calidad de este paso. Otra forma de decirlo es la siguiente: lo que el futuro nos depara depende de nuestro estado de conciencia en el momento presente.

Éxito es cuando el hacer se impregna de la calidad atemporal del Ser. A menos que el Ser impregne lo que hacemos, a menos que estemos presentes, nos perderemos en cualquier cosa que hagamos. También nos perdemos en el pensamiento y en nuestras reacciones a lo que sucede externamente.

Antes de descubrir lo correcto para usted a nivel externo, antes de descubrir aquello que funciona y que es compatible con el despertar de la conciencia, quizás tenga que descubrir aquello que no está bien o que ya no funciona o es incompatible con su propósito interno.

Cuando acepte la incertidumbre se abrirán una infinidad de posibilidades. Significa que el temor dejará de dominar su vida y de impedirle tomar la iniciativa para propiciar el cambio. Tácito, el filósofo romano, anotó acertadamente que “el anhelo de la seguridad interfiere con todas las empresas grandes y nobles”. Cuando no logramos aceptar la incertidumbre, se convierte en miedo. Cuando la incertidumbre es perfectamente aceptable, se traduce en mayor vivacidad, conciencia y creatividad.

El todo está hecho de existencia y Ser, lo manifiesto y lo inmanifiesto, el mundo y Dios. Así, cuando entramos en armonía con el todo, nos convertimos en una parte consciente de la red del todo y de su propósito: el surgimiento de la conciencia en el mundo. El resultado es que comienzan a ocurrir con frecuencia las casualidades propicias, los encuentros fortuitos, las coincidencias y los sucesos sincronizados. Carl Jung describió la sincronicidad como ” un principio unificador acausal”. Esto significa que no hay una conexión causal entre los sucesos sincronizados en el plano superficial de nuestra realidad. Es una manifestación externa de una inteligencia subyacente al mundo de las apariencias y una conexión más profunda incomprensible para la mente. Pero podemos ser partícipes conscientes del desenvolvimiento de esa inteligencia, del florecimiento de la conciencia.

Nuestro propósito y destino es traer a este mundo una nueva dimensión permaneciendo en unicidad consciente con la totalidad y en armonía consciente con la inteligencia universal.

Todo pensamiento implica un punto de vista, y todo punto de vista, por su naturaleza, implica limitación, lo cual significa en últimas que no es verdad, o por lo menos no en términos absolutos. Solamente el todo es verdad, pero el todo no puede verbalizarse ni pensarse. Visto más allá de las limitaciones del pensamiento y, por tanto, incomprensible para la mente humana, todo sucede en el ahora. Todo lo que ha sido o será es el ahora y está por fuera del tiempo, que es una construcción mental.

En últimas, “nuestra propia vida” no existe, puesto que nosotros y la vida no somos dos sino uno.

La vida de cada persona (todas las formas de vida en realidad) representa un mundo, una forma única en la que el universo se experimenta a sí mismo. Y cuando nuestra forma se disuelve se acaba un mundo, uno entre un sinnúmero de mundos.

Mientras mayor es la ignorancia respecto de las cosas espirituales, mayor es el sufrimiento.

Las cosas que deben suceder, suceden; lo que quiere decir que no hay nada de lo que sucede que no sea parte del gran todo de su propósito. Así, la perturbación o la destrucción del propósito externo puede ser el camino para hallar el propósito interno y para el florecimiento de un nuevo propósito externo en consonancia con el interno.

Lo que se pierde en el nivel de la forma se gana en el nivel de la esencia.

Hasta ahora, el ego ha distorsionado y utilizado equivocadamente la inteligencia humana, la cual es apenas un aspecto minúsculo de la inteligencia universal. Es lo que denomino “la inteligencia al servicio de la locura”.

Sin el impedimento de la disfunción del ego, nuestra inteligencia entra en alineación perfecta con el ciclo expansivo de la inteligencia universal y su ímpetu creador. No somos nosotros los creadores sino los vehículos de la inteligencia universal. No nos identificamos con aquello que creamos, de manera que no nos perdemos en lo que hacemos. Aprendemos que en el acto de la creación interviene una energía de la más alta intensidad, pero que no genera tensiones ni representa un “arduo esfuerzo”. Debemos comprender la diferencia entre la tensión y la intensidad, como veremos más adelante. La lucha o la tensión es señal de que el ego ha regresado, como lo son también las reacciones negativas frente a los obstáculos.

La fuerza que impulsa los deseos del ego crea “enemigos”, es decir, unas reacciones que se manifiestan en fuerzas opuestas de igual intensidad. Mientras más fuerte es el ego, mayor es el sentido de separación con respecto a los demás. Las únicas actuaciones que no provocan reacciones opuestas son las encaminadas a lograr el bien colectivo. Son incluyentes en lugar de excluyentes. Unen en lugar de separar. No son por “mi” país sino por toda la humanidad, ni por “mi” religión sino por el surgimiento de la conciencia de todos los seres humanos, no por “mi” especie, sino por todos los seres vivos y toda la naturaleza.

El factor primordial de la creación es la conciencia. Por muy activos que seamos, por muchos esfuerzos que realicemos, es el estado de conciencia el que crea nuestro mundo y si no hay un cambio en ese nivel interno, nada lograremos por mucho que hagamos. Solamente crearemos versiones modificadas del mismo mundo una y otra vez, un mundo que sería el reflejo externo del ego.

No podemos perder la conciencia porque es nuestra esencia. Solamente podemos perder lo que tenemos, más no lo que somos.

Hacer en el estado despierto es lograr la consonancia entre el propósito externo (lo que hacemos) y el propósito interno (despertar y permanecer despiertos). Al hacer estando despiertos nos unimos al propósito expansivo del universo. La conciencia fluye hacia este mundo a través de nosotros. Fluye hacia nuestra mente e inspira nuestro pensamiento. Fluye hacia lo que hacemos imprimiéndole poder y dirección.

La realización de nuestro destino no depende de aquello que hacemos sino de cómo lo hacemos. Y nuestro estado de conciencia determina la forma como hacemos lo que hacemos.

Toda atención verdaderamente exitosa proviene del campo de la atención presente, en lugar del ego y del pensamiento condicionado e inconsciente.

Cuando no estamos en estado de aceptación, gozo o entusiasmo, al mirar atentamente descubrimos que estamos creando sufrimiento para nosotros mismos y para los demás.

Si hay algo que no podamos disfrutar, por lo menos podemos aceptarlo como aquello que debemos hacer. Aceptar significa reconocer que, por ahora, esto es lo que esta situación y este momento me exigen, de manera que lo hago con buena disposición.

Realizar una acción en estado de aceptación significa estar en paz mientras la realizamos.
Esa paz es una vibración sutil de energía que penetra en lo que hacemos.
Esa paz, esa vibración sutil de energía es la conciencia, y una de las maneras de manifestarse en este mundo es a través de la entrega, uno de cuyos aspectos es la aceptación.

Si no puede aceptar ni disfrutar lo que hace, deténgase. De lo contrario, no estará asumiendo responsabilidad por lo único sobre lo cual puede asumirla y que, dicho sea de paso, es lo único que importa: su estado de conciencia. Y si no asume responsabilidad por su estado de conciencia, no estará asumiendo la responsabilidad por la vida.

El deseo proviene de la ilusión del ego de ser un fragmento separado del poder de la creación. A través del gozo nos conectamos con el poder creador.

La alegría no emana de lo que hacemos, sino que fluye hacia lo que hacemos y se manifiesta en el mundo de las profundidades de nuestro ser.

¿Entonces cuál es la relación entre algo que hacemos y el estado de alegría? Que disfrutamos de cualquier actividad que no sea solamente un medio para alcanzar una finalidad.

Todo lo que haga en un estado de alerta se convierte en fuente de gozo en lugar de irritación, tedio o tensión. Para ser más exactos, lo que disfruta no es la acción externa sino la dimensión interna de la conciencia de la cual se impregna la acción. Eso es encontrar la alegría del Ser en el hacer.

El principal propósito de la vida es traer la luz de la conciencia a este mundo y utilizar su actividad, cualquier que sea, como vehículo para hacerlo.

La alegría de Ser es la alegría de estar conscientes.

La persona sigue siendo un ser humano corriente. Lo extraordinario es lo que llegar al mundo a través de ella. Pero esa esencia es compartida con todos los seres.

El entusiasmo permanente genera una ola de energía creadora y entonces lo único que debemos hacer es “montarnos sobre esa ola”.

El entusiasmo imprime un poder enorme a lo que hacemos, hasta tal punto que quienes no se han conectado con el poder ven “nuestros” logros con asombro y podrían equipararlos con lo que somos. Sin embargo, nosotros conocemos la verdad a la cual se refirió Jesús cuando dijo, “Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta”.

Donde no hay identificación no hay apego, una de las grandes fuentes de sufrimiento.

El gozo de lo que hacemos, sumado a una meta o visión que nos motiva, se convierte en entusiasmo.

Debemos sentir cómo esa actividad no solamente enriquece y confiere profundidad a nuestra vida, sino a la de muchas personas más.
Debemos sentir que somos la puerta a través de la cual fluye la energía desde la Fuente inmanifiesta de toda la vida, para beneficio de todos.

Las personas que imprimen un significado profundo a las cosas aparentemente insignificantes. Su labor consiste en traer la quietud espaciosa a este mundo estando absolutamente presentes en todo lo que hacen. Hay conciencia y, por tanto calidad, en todo lo que hace, por intrascendente que sea. Su propósito es hacerlo todo de una manera sagrada, y puesto que cada ser humano es parte integral de la conciencia colectiva humana, tienen un impacto sobre el mundo mucho más profundo de lo que sus vidas aparentan.

Los cimientos de la nueva tierra están en el nuevo cielo, en el despertar de la conciencia.
El surgimiento del nuevo cielo y, con él, de la nueva tierra, no son unos sucesos liberadores que hayan de suceder en un futuro. nada nos habrá de liberar porque la libertad está solamente en el momento presente. Ese reconocimiento es el despertar.

Viven en el estado de entrega y sienten su unicidad con el todo y con la Fuente, encarnan la conciencia despierta que está cambiando todos los aspectos de la vida en nuestro planeta, incluida la naturaleza, porque la vida en la tierra es inseparable de la conciencia humana que la percibe y se relaciona con ella.

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Una Nueva Tierra (Un despertar al propósito de su vida) – Eckhart Tolle

Humano, demasiado humano – Friedrich Nietzsche

Humano, demasiado humano, libro en el cual se engloban reflexiones que van desde problemas tan profundos como La química de las ideas y los sentimientos hasta otros en apariencia triviales como las recomendaciones para una Táctica de la conversación, pero que en la brillante y apasionada pluma de Federico Nietzsche adquieren su fundamental importancia para todos aquellos que tienen la misión de liberarse de “las ataduras del deber”, como una primera victoria en el camino de constituirse hombres libres.

El que sepa adivinar algo de las consecuencias que entraña toda sospecha profunda, algo de la sensación de fiebre y de miedo y de las angustias de soledad a que se condenan todos los que están por encima de la diferencia de miras, comprenderá también cuánto tengo que hacer para descansar de mi mismo, casi para olvidarme de mi propio yo, buscando refugio en cualquier sitio, llámese hostilidad o ciencia, frivolidad o tontería; porque cuando no encontré lo que necesitaba, me lo he procurado con artificio o falsificación.

Lo que yo necesitaba con mayor exigencia cada día para mi restablecimiento, era adquirir la creencia de que no estaba solo en el existir así, en ver desde ese prisma mágico un presentimiento de afinidad y semejanza de percepción y de deseo, un descanso en la amistad, una ceguera de dos, completa, sin intermitencia alguna, un sentimiento de placer alcanzado desde el primer momento en lo cercano, en lo vecino, en todo aquello que tiene color, forma y apariencia.

¿Qué sabes, qué puedes saber de lo que haya de astucia, de instinto de conservación, de razonamiento y de precaución superior en semejante autoengaño, y de lo que necesito para que pueda permitirme siempre el lujo de mi verdad? Vivo todavía, y la vida no es, después de todo invención de la moral; quiere el engaño; vive del engaño.

La gran transformación llega para siervos de esta especie como un terremoto: el alma joven se siente en un sólo instante conmovida, desasida, arrancada de todo lo que antes amaba; ni aun se da cuenta de lo que le pasa. Extraña investigación, desconocida fuerza impulsiva la dominan y se apoderan de ella, hasta imponérsele como una orden; se despierta el deseo, la voluntad de ir adelante, no importa adónde, a toda costa; violenta y peligrosa curiosidad de un mundo no descubierto brilla y flamea en todos sus sentidos. «Antes morir que vivir aquí» – le dice la imperiosa voz de seducción:

Miedo, desconfianza repentina de todo lo que amaba, relámpagos de desprecio por todo lo que para ella significaba «deber», deseo sedicioso, voluntarioso, irresistible como un volcán, de viajar, de alejamiento, de expatriación, de refrigerio, de salir de la embriaguez, de tornarse de hielo; odio para el amor; a veces un paso y una mirada sacrílega hacia atrás, hacia allá, hacia donde hasta entonces se había orado y amado; quizá una sensación de vergüenza por lo que se acaba de hacer, y un grito de alegría al mismo tiempo por haberlo hecho; angustia y embriaguez de placer en que se revela una victoria –¿una victoria? ¿sobre qué? ¿sobre quién?– victoria enigmática, problemática, sujeta a caución, pero que es, en fin, la primera victoria: tales son los males y los dolores que componen la historia de la gran transformación. ¡y qué clase de enfermedad es y a qué grados alcanza, se descubre en las pruebas y actos de bizarría salvaje con que el liberto quiere, desde lo que es, probar su dominio sobre las cosas!

Con maligna sonrisa revuelve todo lo que estaba velado o no manifiesto por alguna causa de pudor: inquiere lo que las cosas parecen cuando se las pone del revés. Es todo caprichos y goza con sus caprichos; quizá presta hoy favor a lo que ayer tenía en mal concepto y así anda vagabundo, curioso y husmeador de torno de lo  prohibido. En el fondo de sus agitaciones y desbordes –pues en su camino se encuentra inquieto y sin rumbo como en desierto–, se hace a sí mismo interrogaciones de curiosidad más y más peligrosas cada vez. Y si nosotros estamos engañados, ¿no somos también engañadores?

«Espíritu libre», estas frías palabras son beneficiosas en este estado, reconfortadoras. Se vive sin estar ya entre los lazos del amor ni del odio, sin si y sin no, cerca o lejos, voluntariamente, gozándose sobre todo en escaparse, en evadirse, en tender el vuelo, tan pronto huyendo como remontándose por el aire; se encuentra uno en ese estado, como el hombre que ha visto debajo de él multiplicidad de objetos, y viene a ser lo contrario de aquellos que se preocupan enteramente de las cosas que ni les atañen siquiera. Efectivamente, lo que el espíritu libre contempla en lo sucesivo son solamente cosas –¡ y cuántas cosas!– que no le preocupan ya.

Caer enfermo a la manera de los espíritus libres, prolongarse la enfermedad un buen espacio de tiempo y después lenta, muy lentamente ponerse bueno, o mejor recobrar la completa salud.

Durante mucho tiempo apenas si se atrevía a preguntarse: «¿Por qué me hallo tan apartado de todo? ¿por qué tan solo? ¿por qué en esta dureza, esta desconfianza, este odio a mis propias virtudes?¿por qué renunciar a todo lo que respetaba y hasta a ese mismo respeto? Ahora se atreve a hacerlo descaradamente, propone la cuestión en alta voz y oye ya algo semejante a una respuesta, que le dice: «Necesitabas hacerte dueño de ti mismo, dueño también de tus propias virtudes. Necesitabas enseñorearte de tu pro y tu contra, y aprender el arte de tomarlos o dejarlos, de aprovecharlos o no, según tu fin del momento. Necesitabas llegar al conocimiento de los elementos de perspectivas de toda apreciación: la deformación, la distensión, la aparente teología de los horizontes y todo lo que concierne a la perspectiva, y más todavía de la indiferencia que es indispensable para apreciar con cabal criterio valores opuestos y las pérdidas intelectuales con que se hace pagar todo pro y todo contra.

«¡He aquí un problema nuevo! ¡He aquí una gran escala, cuyos peldaños hemos subido! ¡También hemos sido alguna vez peldaños! ¡He aquí un algo más alto, más profundo, más por debajo de nosotros! ¡ he aquí una gradación inmensa, una  jerarquía que nosotros vemos! ¡He aquí nuestro problema! »

Como dice el proverbio es uno filósofo guardando silencio. No existen cosas contrarias, sino la exageración habitual de la concepción popular o metafísica, y que la base de esta pregonada oposición está en un error de raciocinio. Las formas de nuestra vida se hacen cada vez más espirituales, más feas quizá para la vista de las edades anteriores, porque no eran capaces de ver cómo el imperio de la belleza interior espiritual va siendo sin cesar más profundo, más amplio, y en qué medida todos nosotros hoy podemos dar mayor valor a la visión espiritual interior, que a la composición más bella o al edificio más sublime.

Muy tarde, casi en nuestros días, los hombres comienzan a entrever el monstruoso error que han propagado con su creencia en el lenguaje. Poco a poco, no sólo el
individuo, sino la humanidad, se eleva a esta virilidad, cuando se acostumbra a tener más alta estimación por los conocimientos seguros duraderos, y ha perdido la creencia en la inspiración y en la comunicación milagrosa de las verdades. Aun el hombre más razonable tiene necesidad de volver a la Naturaleza, es decir, a su relación fundamental ilógica con todas las cosas. ¡si pudiéramos vivir sin hacer apreciaciones, sin tener afectos ni desafectos!… pero toda aversión está ligada a una apreciación, como puede estarlo una inclinación afectuosa. Una impulsión a aproximarnos o separarnos de algo, sin un sentimiento de querer lo ventajoso, de evitar lo dañino, una impulsión sin apreciación por el conocimiento que influye en el valor del fin, no existe entre los hombres. Somos, por nuestro destino, seres ilógicos, y por lo mismo injustos, y, sin embargo, no podemos reconocerlo. Tal es una de las mayores y más irresolubles inarmonías del universo.

Aquel que pudiera tomar parte en ellos, desesperaría de la vida; si llegase a comprender y a sentir en sí mismo la conciencia total de la humanidad, prorrumpiría en maldiciones contra la existencia, pues la humanidad no tiene en su conjunto ningún fin, y por consiguiente, el hombre, examinando su marcha total, no puede encontrar en ello consuelo ni reposo, sino, por el contrario, desesperación.
son gentes que alaban porque no son capaces de amar, prontas para la admiración,
pero más prontas para la huída. La Rochefoucauld Lo que el mundo llama virtud no es ordinariamente sino un fantasma formado por nuestras pasiones, al que se da un
nombre honrado para hacer impunemente lo que uno quiere.

Nadie es responsable de sus actos, nadie lo es de su ser; juzgar tiene el mismo valor que ser injusto, y esto es verdad aun cuando el individuo se juzga a sí mismo. Esta proposición es tan clara como la luz del sol, y sin embargo, todos los hombres quieren volver a las tinieblas y al error, por miedo a las consecuencias.
Quien no busca en las cosas sino conocerlas, llega fácilmente a vivir en paz con su propia alma; cuanto más, podrán achacarse a ignorancia, difícilmente a concupiscencia, sus errores (pecados que dice el mundo).

Pueden prometerse acciones, pero no sentimientos, porque éstos son involuntarios.

Quien promete a otro amarlo siempre u odiarlo siempre o serle siempre fiel, promete algo que no está en su mano poder cumplir; lo que puede prometer son actos o manifestaciones, que si ordinariamente son consecuencia del amor, del odio, de la fidelidad, pueden también provenir de otras causas, puesto que caminos y motivos diversos conducen a una misma acción.

Así, pues, el hombre promete la persistencia de la apariencia del amor, cuando sin cegarse voluntariamente, promete amor eterno.

¡Qué pobre sería el espíritu humano sin la vanidad! Pero con ella se asemeja a un almacén bien lleno y siempre llenándose de nuevo, que atrae a parroquianos de toda clase: pueden encontrar allí casi todo, siempre que tengan consigo el género de moneda que circula (la admiración). Hacer de uno mismo una persona completa, y en todo lo que se hace proponerse uno mismo su mayor bien, vale mucho más que esas miserables emociones y acciones en provecho de otro. Aquel que se llama «bueno» es, en resumen, el que por naturaleza, por efecto de larga herencia, y por lo tanto, con facilidad y gusto, procede conforme a la moral, cualquiera que ella sea
Ser malvado es ser no moral (inmoral), practicar la inmoralidad, resistir a la tradición por racional o absurda que sea;

No es entre «egoísta»y «altruista» la diferencia fundamental que ha llevado a los hombres a distinguir lo moral de lo inmoral, lo bueno de lo malo, sino que más bien entre el apego a una tradición, a una ley, y la tendencia a independizarse de ella.

Sin placer no hay vida; el combate por el placer es el combate por la vida. Saber si el individuo libra este combate de manera que los hombres le llamen bueno o de manera que le llamen malo, es cuestión que deciden el nivel o la naturaleza de su inteligencia. Si desaparecieran el castigo y la recompensa, desaparecerían también los motivos más poderosos, que alejan de ciertos actos y que conducen a otros; la utilidad de los hombres exige su mantenimiento, y estando expresado que castiga y recompensa, que censura y elogia, agitan la vanidad más sensible, esa misma utilidad exige el mantenimiento de la vanidad.

La ilusión sobre sí mismo del hombre que actúa, la convicción de su libre albedrío, pertenecen igualmente a aquel mecanismo que es objeto de cálculo. Entre las buenas y las malas acciones no hay diferencia de especie, sino, cuando más, de gradación.
Las buenas acciones son malas acciones sublimadas; las malas acciones, son buenas acciones grosera y neciamente realizadas. Todos los actos son torpes, porque el nivel más elevado de la inteligencia humana no puede alcanzarse actualmente. Darse
cuenta de todo esto puede causar profundo dolor; pero hay un consuelo: son dolores de un nuevo alumbramiento.

En estos hombres capaces de tristeza –¡que serán pocos!– es donde hace el primer ensayo de saber si la humanidad, de moral que es, puede transformarse en sabia.

Si el error y el extravío de la imaginación ha sido el único medio por el cual la humanidad podía elevarse poco a poco a este grado de esclarecimiento y liberación de sí misma, ¿quién se atrevería a estar triste por divisar el fin adónde llevan estos caminos?

El hábito hereditario de los errores de apreciación, de amor, de odio, tiene que continuar actuando en nosotros; pero influido por la ciencia en desarrollo, se hará más y más débil: un nuevo hábito, el de comprender, el de no amar ni odiar, el de ver desde lo alto, se establece insensiblemente en nosotros y será dentro de miles de años bastante poderoso quizá para que la humanidad produzca al hombre sabio, inocente (consciente de su inocencia), con tanta regularidad como produce actualmente al hombre no sabio, injusto, consciente de su falta, es decir, el antecedente necesario, no el opuesto a aquél.

¡Cuánto diera por otras verdades, que serían tan saludables, consoladoras y benéficas como estos errores!

Byron en versos inmortales:
El conocimiento es dolor: los que más sepan
más deben llorar esta verdad fatal:
el árbol de la Ciencia no es el de la vida.
Estos dolores pueden ser penosos; pero nadie sin dolor llega a ser un guía, un educador de la humanidad, y ¡desgraciado de aquel que quiera ensayarlo sin tener esa pura conciencia!

Los más sabios de todos los tiempos sonreían y menean la cabeza y están acordas en decir: ¡locura la de empeñarse en mejorar los locos! ¡Hijos de la sabiduría, temed a los locos como locos: así conviene! Nosotros, hombres de hoy, sentimos lo contrario; cuanto más rico se siente el hombre interiormente, más polífona se hace la música y el ruido de su alma, más poderosamente actúa sobre él la unidad de la Naturaleza
cómo la raza más débil puede dictar, no obstante, leyes a la más fuerte, y dirigir sus acciones en relación a la más débil. Sin discípulos ciegos, jamás la influencia de un hombre y de su obra se ha hecho grande. El hombre, en medio de la Naturaleza, es siempre un niño. Y este niño sueña a veces un sueño angustioso, pero cuando abre los ojos vuelve a verse en el paraíso.

Responde por lo que le place dar a un corazón que ansía recibirlo.

«Presentir» no significa reconocer en algún grado la existencia de una cosa, sino tenerla como posible en la medida en que uno la desea o la teme; el «presentimiento» no hace avanzar un paso en el país de la certidumbre.

¡Cuánto desearía ensayarse en esa otra clase de acciones, que son apreciadas por
todos generalmente como las más altas y grandes! ¡Cuánto desearía sentirse dueño de la buena conciencia que debe dar el pensamiento desinteresado! ¿Quién le socorrerá en ese peligro, que por la perspectiva de una inconmensurable duración
de la pena sobrepasa en crueldad a todos los demás temores de la imaginación?
No podemos sentir por los otros, como dice comúnmente: sentimos por nosotros y nada más. Esta proposición será dura, pero no lo es si se oye bien. No se ama ni al padre, ni a la madre, ni al hijo, sino los sentimientos agradables que nos procuran.

Algunos hombres tienen, en efecto, una necesidad tan grande de practicar su fuerza y sus inclinaciones a la dominación, que a falta de otros objetos o porque hayan fracasado siempre en otras esferas, llegan a tiranizar ciertas partes de su propio ser, por decirlo así, ciertas porciones o grados de sí mismo.

En toda moral ascética, el hombre adora una parte de su ser como una divinidad, y debe por esto necesariamente creer diabólicas las demás partes que lo componen.

El hombre no es a todas horas igualmente moral; esto está comprobado y es cosa
conocida; si se juzga su moralidad según la capacidad de desprendimiento, de renuncia de sí, que conducen al gran sacrificio (el cual, si persiste y llega a hacerse un hábito, se llama santidad), se encuentra que en el estado de pasión es cuando se muestra más moral; la emoción superior le ofrece móviles nuevos, de los cuales, en la calma y tranquilidad cotidiana, no se creería nunca capaz. ¿Cómo sucede esto? A nuestro parecer, por el inmediato parentesco que existe entre todo lo que es grande y determina fuertes emociones.

Se sabe que la imaginación sensible es moderada, hasta casi suprimida, por la regularidad de las relaciones sexuales; y que, al revés, la irregularidad o la abstinencia en estas relaciones la desencadena y la excitan. Todo elemento natural al que el hombre une la idea del mal, de pecado (como pasa hoy mismo en lo que se refiere al elemento erótico), importuna, obscurece la imaginación, produce  perspectiva aterradora, hace que el hombre esté en lucha consigo mismo y le hace, frente a frente de él, inquieto, desconfiado. Esta costumbre de sufrir por causa de lo que es natural está en la realidad de las cosas totalmente desprovista de  fundamento, no es sino consecuencia de las opiniones sobre las cosas. Lo que existía de mórbido en su naturaleza, con su amalgama de pobreza de espíritu, de saber malvado, de salud indispuesta, de nervios exasperados, permanecía tan oculto a su mirada como a la del espectador.

Estamos acostumbrados en presencia de cualquier cosa perfecto a no proponernos el problema de su formación, sino a gozar de su presencia como si hubiera surgido por arte de magia. El artista sabe que su obra no tendrá pleno efecto sino cuando despierta la creencia de una improvisación, de una milagrosa espontánea producción, y así de buen grado contribuye a esa ilusión e introduce en el arte elementos de inquietud entusiasta, de desorden como palpamientos de ciego, de sueños que cesan en el comienzo de la creación, como un medio de engañar para disponer el alma del espectador, o del oyente, de manera tal que crea en el brote espontáneo de lo perfecto. El arte asume accesoriamente la tarea de conservar el ser, aun de dar algún color a las representaciones descoloridas y pálidas. Con buena o mala voluntad, tendrá siempre que realizar la tarea de hacer eternamente niña a la humanidad; esa es su gloria, pero también su límite.

La belleza más noble no es la que nos deslumbra instantáneamente, la que nos seduce por asaltos tempestuosos y embriagadores (que fácilmente llega a disgustar), sino aquella que se insinúa lentamente, la que uno lleva dentro de sí en el  pensamiento, y que un día, soñando se vuelve a ver delante, y que por fin, después de haberse modestamente circunscrito en nuestro corazón, toma posesión completa de nosotros, llena nuestros ojos de lágrimas y nuestro corazón de deseo. ¿Qué anhelamos, pues, ante el aspecto de la belleza? Ser bellos, creyendo que la ventura está unida a la belleza. ¡Terrible error!

Así como la sombra es necesaria para embellecer, así también lo sombrío es necesario para iluminar. El que discierne menos severamente y se abandona de buen grado a la memoria reproductora podrá, en ciertas condiciones, hacerse un gran improvisador; pero la improvisación artística está en un nivel muy bajo en comparación de las ideas de arte elegidas seriamente. El genio artístico quiere producir satisfacción, pero si se eleva a un grado muy alto, le falta fácilmente persona a quien producirla: ofrece manjares sabrosos, pero que el paladar, poco delicado, no saborea. Y como es natural, esto imprime en él, según las circunstancias, o algo patético, o algo conmovedor, o algo ridículo. No deseamos poseer las estrellas, sino regocijarnos con su esplendor. Si su fin es producir el mayor efecto posible, la incertidumbre de sí mismo y esa adición de una semilocura, le sirven mucho, pues lo que se ha admirado y envidiado siempre en ellos es justamente esa fuerza, gracias a
la cual arrebatan la voluntad a los hombres y les encadenan a la ilusión de que guías
sobrenaturales van delante de ellos.

Puede cuando el artista no eleve a su público, éste cae rápidamente, y su caída es tanto más profunda y peligrosa cuanto el genio le ha llevado más alto. Esta transición de una angustia momentánea a una alegría de corta duración es lo que se denomina lo cómico. Buscar el honor quiere decir «hacerse superior y que esta
superioridad se haga pública». Si lo primero falta y se ambiciona lo segundo, háblase de vanidad. Falta lo segundo y se nombra el orgullo.  Cuanto más se deja que hacer al espectador, más se excita en triunfar el mismo del obstáculo que hasta entonces se oponía al desenvolvimiento completo de la idea.

La suerte de los escritores obscuros consiste en que el lector se consuma estudiándolos y ponga en su cuenta el goce que le causa su diligencia.
El pensamiento aislado al cual un hombre de valer atribuye gran precio, en medio de las risas y burlas de las gentes sin valer, es para él una llave de tesoros ocultos,
mientras que para los demás es un pedazo de hierro viejo. Las paradojas de que el lector se sorprende, no están a menudo en el libro, sino en la cabeza del que lee.
Los autores más espirituales producen una sonrisa poco sensible.

El mejor escritor es aquel que se avergüenza de serlo.

Considerar el oficio de escritor como una profesión, es una locura. Esta manera fría de escribir y de sentir es, a título de contraste, muy atrayente y un nuevo peligro, dado que la frialdad penetrante es un medio de excitación como el más alto
grado de calor. Si se considera, pues, que toda acción de un hombre, y no solamente un libro, sirve por algún motivo de ocasión a otras acciones, decisiones y  pensamientos , que todo lo que se hace está anudado a lo que se hará, tendremos que reconocer verdadera inmortalidad existente, la del movimiento.

Si es uno algo, no tiene necesidad de hacer nada.

Tratándose de la pasión que domina profundamente, que devora al individuo y hasta lo aniquila con frecuencia, la cosa tiene alguna importancia; el que la sufre no la describe ciertamente en dramas, melodías ni novelas. Los artistas son a menudo individuos sin freno, justamente en la medida en que no son artistas.

Verdad es que en ciertos hechos físicos, en la pasión amorosa, por ejemplo, la satisfacción de una necesidad produce alivio momentáneo del instinto.

¿Cómo puede el hombre experimentar placer en lo absurdo? ¡Tanto como hay de qué reír en el mundo!

Su secreto estribaba en hacer a la enfermedad, teniendo en cuenta su poder, los
honores de una divinidad. Cuanto más susceptible de pensamiento se hacen el oído y la vista, más se acercan a los límites de lo inmaterial; el placer radica en el cerebro, los órganos de los sentidos se reblandecen y debilitan, el simbolismo toma cada vez más el lugar de lo real.

Entretanto, podemos decir: el mundo es más feo que antes, pero significa un mundo más bello.

¿Qué es hoy para nosotros la belleza de un edificio? Lo mismo que el hermoso
rostro de una mujer sin espíritu, algo así como una máscara.

El hombre de ciencia es el desarrollo ulterior del artista. El sol se ha ocultado ya, pero todavía ilumina e inflama el cielo de nuestra vida, aunque no la divisemos.
El espíritu libre tiene generalmente el testimonio de la bondad y de la penetración superior de su inteligencia, grabado en el rostro tan legíblemente que hasta los espíritus dependientes lo comprenden.

En el conocimiento de la verdad, se trata de lo que se tiene, no de saber por qué motivo o por qué camino se ha buscado.

El espíritu libre busca razones, los demás buscan una creencia. El habituarse a principios intelectuales no apoyados en razones, es lo que se llama creencia.

El espíritu libre es siempre débil, especialmente en la acción; pues conoce  demasiados motivos y puntos de vista, y por ello su mano está poco segura ¿De dónde viene la energía de su fuerza inflexible, la persistencia con que el individuo, contra la tradición, trata de adquirir un conocimiento completamente individual del mundo?. Cuanto mayor es la cultura de un hombre, tanto menor es su inclinación a la burla y a la sátira.

Cuanto más profundamente comprenda un hombre la vida, tanto menos se burla, como no sea de su misma comprensión. Si podemos preverlo, procuremos evitarlo.

El que quiera vivir feliz y tranquilo, apártese de la cultura moderna.

Todo hombre que quiera idealizar su vida, no debe mirarla muy de cerca sino a
cierta distancia, el hombre ocioso es siempre mejor que el activo.

La pereza que existe en el fondo del alma del hombre activo, le impide sacar el agua de su propia fuente.

Importancia de la enfermedad.– El hombre enfermo llega a enterarse de que por lo común lo está por causa de su propio empleo, de sus negocios o de su sociedad, y que por ellas ha perdido todo conocimiento razonado de sí mismo: gana esa sabiduría en el ocio a que le obliga su enfermedad.

Por muchos que sean los laberintos que tenga que atravesar, por muchas que sean las rocas que detengan su marcha momentáneamente, desde el momento que ve la luz sigue su camino iluminado por claridad meridiana, casi sin ruido, dejando a los rayos del sol que penetren hasta lo más íntimo. Pero es menester dirigir la mirada más allá, saber crecer más todavía, por encima de todo eso; si nos quedamos dentro de esos límites no comprenderemos todo aquello. Haz un viaje retrospectivo caminando sobre los vestigios en que la humanidad ha dejado marcada su larga marcha dolorosa, a través del desierto del pasado, y así aprenderás seguramente a conocer qué dirección no puede ni seguir la humanidad futura. Y en tanto que
investigas el nudo gordiano del porvenir, tu propia vida toma el valor de un instrumento y de un medio de conocimiento. De ti depende que tus ensayos, tus errores, tus ilusiones, tus faltas, tus sufrimientos, tu amor y tu esperanza coadyuven sin excepción a tu designio, y este designio es el de llegar a ser tú mismo una cadena necesaria de anillos de la civilización, y el deducir, por esta necesidad, la necesidad de la marcha de la civilización universal. Cuando tu vista haya adquirido bastante fuerza para poder mirar hasta el fondo el lago turbio de tu ser y de tus conocimientos, quizá también en ese espejo las estrellas lejanas de las civilizaciones del porvenir se te harán visibles.

Es necesario en el trato de los hombres recurrir a un disimulo benévolo, como si no penetráramos los motivos de su conducta. No es raro encontrar copias de hombres de consideración, y la mayor parte de las personas, como sucede con los cuadros, tienen mayor aprecio por las copias que por los originales.

La fuerza o la debilidad de la producción intelectual no depende tanto de las facultades heredadas como de la energía transmitida. La falta del abandono entre amigos es una falta que no puede repetirse sin hacerse irremediable.

El medio mejor de socorrer a las personas que se hallan muy agobiadas y de tranquilizarlas, consiste en alabarlas de una manera decidida. El que busca con propósito deliberado penetrar en lo confidencial de otra persona, no está de ordinario cierto de poseer su confianza. El que está seguro de la confianza, da poco valor a la confidencia.

Las personas que nos brindan su plena confianza creen por ello tener derecho a la nuestra. Es un error de razonamiento: los dones no dan derecho.

Adulación.– Las personas que en nuestras relaciones con ellas quieren aturdir nuestra prudencia con sus lisonjas, usan de un medio peligroso, semejante al narcótico, que si no adormece, nos tiene más insomnes.

En una sociedad sin espíritu.–
Nadie es capaz de buena voluntad para el hombre espiritual por su cortesía, cuando se pone al nivel de una sociedad en que no es cortés ser espiritual. Lo humano de las celebridades del espíritu, en sus relaciones con personas no célebres, consiste necesariamente en el agravio que infieren.

Los hombres que no se sienten satisfechos en sociedad, aprovechan cualquier  ocasión para hacer sobre cualquiera de los que le rodean prueba pública de superioridad, por ejemplo, incomodándole.

Un alma delicada se duele de saber que alguien le debe reconocimiento; un alma grosera al saber que se lo debe a alguien.

Alguna vez, en la conversación, el sonido de nuestra propia voz nos causa molestia y nos lleva a afirmaciones que no están del todo conformes con lo que opinamos. Tememos en el prójimo una disposición hostil, porque tememos que por esa disposición penetre nuestros secretos. Cuando se encuentran dos personas cuya vanidad es igualmente grande, se impresionan malamente porque se halla tan preocupada cada una en la impresión que quiere producir sobre la otra, que ambas se dan cuenta al fin que su afán es necio, y se imputan mutuamente la falta.

¿Por qué sentimos remordimiento después de habernos encontrado en reuniones vulgares? Porque hemos tratado muy ligeramente cosas importantes, porque hablando de ciertas personas no hemos hablado de buena fe o porque hemos guardado silencio cuando debimos tomar la palabra, porque en la ocasión oportuna no nos levantamos bruscamente dejando esa compañía, porque, en fin, nos hemos conducido en ella como si a ella perteneciéramos.

Tomar el color del medio.–
¿Por qué la simpatía y la aversión son tan contagiosas, que apenas si se puede vivir cerca de un hombre de pasiones fuertes, sin llenarse como un tonel de su pro y de su contra? Primero la completa abstención del juicio es difícil, a veces insoportable para nuestra vanidad: tiene el mismo color que la pobreza de inteligencia y de
sentimiento, o que la timidez y la falta de virilidad, y así nos sentimos arrastrados, cuando menos, a tomar un partido, aunque vaya  contra la tendencia de quienes nos rodean, si esa actitud causa mayor placer a nuestro orgullo. Pero de ordinario –segundo punto– no adquirimos conciencia del paso de la indiferencia a la simpatía o a la aversión, sino que nos acostumbramos poco a poco a la manera de sentir de quienes nos rodean, y como la aprobación simpática y la cordialidad mutua son cosas muy agradables, no tardamos en tomar todos los caracteres y colores del medio en que vivimos.

El hábito de la ironía, como el del sarcasmo, corrompe la moral.
PRETENSION
Nada hay que deba evitarse tanto como el crecimiento de esa mala hierba que se llama pretensión y nos malogra las mejores cosechas, pues puede haber pretensión en la cordialidad, en los testimonios de respeto, en la confianza benevolente, en
la caricia, en el consejo amistoso, en la confesión de las faltas, en la compasión por otro, y todas esas cosas tan bellas producen repugnancia cuando esta hierba crece en ellas. El pretencioso, es decir, el que quiere tener más importancia de la que tiene o de la que se le presta, hace siempre un cálculo falso. Es verdad que se asegura el éxito de un momento, en el sentido de que las personas delante de las cuales se muestra pretencioso le concede ordinariamente la medida de honor que reclama, por timidez o por indiferencia; pero sacan de ella una dura venganza, retirándole el equivalente de lo que ha reclamado en proporción mucho mayor del valer que le atribuían hasta entonces. Es la razón por que las mujeres espirituales dejan, en quien las ha conocido, una impresión sorprendente, penosa, desconsoladora: el hecho de hablar a muchas personas les quita el agrado, y sólo dejan traslucir el reposo consciente sobre sí mismas, su táctica y la intención de triunfar, mientras
que las mismas damas, en el vis a vis, vuelven a ser mujeres y a encontrar su espíritu. Es un delirio creer que el conjunto de la humanidad siga nuestro camino.

La mayor parte de las veces son nuestras faltas, nuestra debilidad y nuestras locuras lo que impide el reconocimiento de nuestras cualidades.

LOS AMIGOS:
Considera solamente una vez contigo mismo cuán diversos son los sentimientos, cuán divididas las opiniones aun entre los conocimientos más próximos, y aun cuántas opiniones semejantes tienen en el cerebro de tus amigos una orientación y una fuerza muy diversas de las que tiene en el tuyo; en cuántos centenares de formas se presenta la ocasión de desavenencias y desacuerdos y de huirse recíprocamente como enemigos. Si alguien se da perfecta cuenta de esto, y además de que todas las opiniones, y su especie, y su fuerza, son entre sus contemporáneos tan necesarias e irresponsables como sus acciones, si adquiere vista para mirar esa necesidad íntima de las opiniones y salir del indisoluble enlace del carácter, de la ocupación, del talento, del medio, perderá quizá la amargura y la aspereza de sentimiento. Se hará más bien esta confesión: «Sí, hay
amigos; pero es el error, la ilusión quien los ha conducido hasta ti, y les es necesario haber aprendido a callarse para permanecer siempre amigos, pues casi siempre tales relaciones humanas descansan sobre que una o dos cosas no se dirán nunca ni serán tocadas jamás; pero esos guijarros ruedan, y tras ellos va la amistad y se rompe.» ¿Hay, por ventura, hombres para quienes no fuese mortal herida el saber lo que sus más fieles amigos sienten de ellos en el fondo? Aprendiendo a conocernos a nosotros mismos, a considerar nuestro mismo ser como una esfera móvil de opiniones y de tendencias, y así a despreciarlo un poco, pongámonos en parangón con los demás. Es verdad que tenemos razones para estimar poco a los que conocemos, pero también otras semejantes para volver ese sentimiento contra
nosotros mismos. Así, pues, soportemos a los demás lo que a nosotros nos  soportamos.

Sin razón razonable.– En la madurez de la vida y de la inteligencia, siente el hombre que su padre ha cometido un pecado engendrándolo. Hay mujeres en las que, por más que se busque y se analice, no se encuentra nada interior; son simplemente máscaras.

Si se considera que en todas las personas y en todas las cosas se puede encontrar algo que les sea favorable y algo también que les sea adverso; que todo lo que vemos no tiene sólo una, sino dos, tres y hasta cuatro caras, es verdaderamente difícil engañarse por completo en tan repentinas decisiones; hasta podría decirse: la naturaleza de las cosas está dispuesta de tal manera, que las mujeres siempre tienen razón. Desde que pueden ver de cerca, sus ojos cesan de ver lejos. Si las mujeres tenían en la moral su mayor poder, ¿de qué medio podrán valerse para reconquistar semejante cantidad de poder, una vez que hayan abandonado la moral?

Los espíritus libres ¿vivirán con mujeres? Creo que, en general, semejantes a los pájaros de la antigüedad, siendo como son los que piensan y dicen la verdad del presente, preferirán volar solos.

Una sola cosa es necesaria: espíritu ligero por la naturaleza o espíritu aligerado por el arte y por la ciencia.

El hombre se conduce noblemente sin quererlo, cuando está habituado a no querer nada de los demás.

Utilizar el flujo y el reflujo.– Es necesario, en vista del conocimiento, saber utilizar
esa corriente interior que nos lleva hacia una cosa y aquello que, después de cierto tiempo, nos separa de ella. Decimos: «complacerse en una cosa», pero en realidad es
complacerse a sí mismo por medio de aquella cosa. El que es modesto en relación a las personas, muestra mayor pretensión en relación con las cosas (ciudad, sociedad, tiempo, humanidad). Esa es su venganza.

Las personas sobre las que no se tiene convicción de hallar siempre actitud simpática en todas las circunstancias, mientras que por nuestra parte estamos obligados por algún motivo (por ejemplo, el reconocimiento) a conservar la apariencia de una simpatía absoluta, atormentan nuestra imaginación mucho
más que nuestros enemigos.

Quien piense con alguna profundidad, sabrá que su juicio tendrá siempre faltas, que trata y juzga como quiere.

Querer ser amado.– La exigencia de ser amado es la mayor de las pretensiones.
El que ve mal, ve siempre demasiado poco; el que oye mal, oye siempre demasiado.
Quien se separa de la tradición es víctima de lo extraordinario; quien permanece en la tradición es su esclavo. En ambos casos camina uno siempre a su ruina. El celo y la conciencia son frecuentemente antagónicos, porque el celo quiere coger verdes los frutos del árbol y la conciencia los deja en él largo tiempo, hasta que caigan y se malogren.

Servir de modelo a los demás.– Quien quiere dar buen ejemplo debe añadir a su
virtud un grano de locura; entonces imita y se eleva por encima de lo que imita, que es lo que los hombres quieren. Poco sufre de deseos difíciles de saciar el que ha ejercitado la imaginación en afer el pecado.

Confesión.– Olvida uno su falta después de haberla confesado a otro, pero de
ordinario el otro no la olvida.

Aceptamos lo milagroso, lo irracional, cuando lisonjea nuestra propia estimación.
La ventaja de tener mala memoria consiste en que se goza muchas veces las mismas cosas.

Procurarse trabajos.– La falta de escrúpulo del pensamiento es a menudo señal de
una disposición interior inquieta, que busca cómo aturdirse. Aquella hermosa edad de la vida en que se enoja uno contra el destino de ser tanto y parecer tan poco. Más tarde se parecerá realmente más, pero se habrá perdido la firme convicción de ser mucho, que toda la vida es un foco incorregible de vanidad.

La verdad tiene la costumbre de decir lo que posee de más elevado en espíritu con aire de sencillez.

Es de tu propia gran fuerza de la que este parásito se alimenta y desarrolla: si aquélla fuese menos tendrías menos que sufrir. Hay grandes ventajas en retirarse completamente de su época, y por decirlo así, en dejarse arrastrar por su corriente sobre el océano de las concepciones pasadas del mundo. Desde allí, mirando hacia el río, abraza uno por primera vez la configuración del conjunto, y cuando se acerca a ella tiene la ventaja de comprenderlo mejor que aquellos que jamás lo han dejado.
Es un nuevo paso hacia la independencia el atreverse a expresar apreciaciones que han de causar vergüenza a quienes las propagan. En este caso, hasta los amigos y conocidos se manifiestan inquietos. Es este todavía un fuego por el cual debe pasar la naturaleza bien dotada; en seguida se pertenece aún más a ella misma.

Aquellos que tienen su fuerza en la profundidad de sus impresiones, y a quienes habitualmente se llama hombres profundos, son en presencia de toda aparición repentina relativamente resueltos, puesto que en el primer momento de la impresión era aún superficial, no siendo profunda hasta después. Son las cosas y las personas, previstas y esperadas largo tiempo, las que excitan más aquellas naturalezas, haciéndolas casi incapaces de presencia de ánimo cuando llegan por fin.

Lo que es humano no vale nada al lado de lo serio, y por lo tanto…«Sin pasiones no habríais vivido.» Porque haya jurado fidelidad (a un ser puramente ficticio, a un dios), porque haya entregado su corazón a un príncipe, a un partido, a una mujer, a una orden religiosa, un artista, un pensador, en un estado de ilusión ciega, subyugado por su seducción, que hacía aparecer estos seres como dignos de todos los respetos, ¿por eso estaremos ligados a ellos indisolublemente? ¿No nos habíamos engañado a nosotros mismos? ¿No era esto una promesa hipotética, bajo la condición que, a decir verdad, no se ha realizado, de que esos seres a quienes
consagrábamos serían realmente lo que parecían ser en nuestra imaginación? ¿Estamos obligados a ser fieles a nuestros errores, aun con la idea de que por esta fidelidad causamos daño a nuestro yo superior? No, no hay ley, no hay obligación de este género; debemos ser traidores, practicar la infidelidad, abandonar siempre que sea preciso a nuestro ideal.

Humano, demasiado humano – Friedrich Nietzsche

Why women hurt women

Even if we have done the work needed to uncover our own gender role conditioning and shake it loose, we still must find a way to contend with society’s ceaseless attempts to condition us today.

This is why understanding internalized sexism is crucial to eliminating sexism. Just like men, women need to learn to stop being perpetrators of sexism if they are to become effective allies against oppression.

Objectification at the most basic level, is the process by which we confuse what a person lools like with whi they are. When a woman is thought of as a whole person, we recognize her complexity and multidimensionality, the richness of her inner experience. Reducing a woman to an object means that we only view her from the outside, believing that we know who she really is based on how she looks and assessing her worth by how well she matches the cultural standards of beauty and desirability that we’ve learned.

Why would women hurt each other by perpetuating objectification?
Paradoxically, women may be hurting each other in an effort to protect one another from sexism. There are at least three different kinds of ways a woman may be objectified:
1. She can receive validating objectification, being affirmed, complimented, and rewarded for her appearance.
2. She can receive derogatoty objectification, being criticized, insulted, or punished for her appearance.
3. In the absence of validating or derogatory objectification, a woman may encounter social invisibility, along with the implicit exclusion that comes from not being seen.

Though their motivations are often to be caring and supportive, when women play the part of enforcing gender role conditioning upon girls and other women, they are occupying an essential supporting role in keeping the overall system of sexism intact.

Giving up on playing the impossible game can mean finding other ways to sense one’s self-worth and other foundations for being a woman in the world.

A learned sense of powerlessness may be the most damaging aspect of internalized sexism, leading girls and women to limit themselves and one another, to believe themselves confined to behaviors that fit within the female role, to act passively in some contexts and to believe that these limitations are natural or permanent.

One of the United Nations Millennium Development Goals is to “promote gender equality and empower women”, a goal indicated as necessary for the health of our world. As a result, there are many organizations worldwide that address this gial through programs for “Girl’s Leadership”, “Empowering women”, and “Gender Equality”.
Three main components of these programs:
1. Girls and women are at the center of participation, and of efforts to take action, creating platforms for women’s voices to be heard.
2. The focus is not just on outer change, but on self-reflection and personal growth, guiding women to understand their inner worlds, their beliefs, and their emotions.
3. Programs that explicitly follow a liberation framework include explicit consciousness-raising about systems of oppression, specifically sexism and internalized sexism.

Source: http://www.interchangecounseling.com/blog/why-women-hurt-women-understanding-and-overcoming-internalized-sexism/

Why women hurt women

Masculino y femenino en la intersección entre el psicoanálisis y los estudios de género. Luis Santos Velásquez

Es el trabajo de la cultura sobre el organismo recién nacido lo que permite  y parcialmente determina, la construcción tanto de un cuerpo sexuado con una identidad masculina o femenina -o cualquier punto intermedio-, como de uns orientación hetero-, homo- o bisexual.

…Cada vez resulta más claro que el 《saber》acerca de lo que es ser hombre y de lo que es ser mujer inicialmente es un prejuicio, en la medida en que consiste en la enunciación de una serie de principios normativos, culturalmente construidos e históricamente cambiantes, que en cada contexto se consideran como de origen natural e inmodificables. En consecuencia, el significado de lo masculino y lo femenino se ha convertido en una pregunta que debe ser sostenida, en lugar de la aceptación acrítica de un saber presupuesto.

Corolario: la sexualidad de la mujer constituye una fuerza cuyo descontrol es peligroso, primero que todo para la mujer misma.

El ser humano está abocado a vivir desde su nacimiento en la polaridad satisfacción-frustración. Cada satisfacción dejará la huella del placer que el sujeto seguirá buscando y, además, un resto de insatisfacción que se constituye en motor para continuar la búsqueda.

El sujeto que entra en la cultura es, entonces, aquel que acepta las prohibiciones con que se marcan los límites a su deseo.

El trabajo psicoanalítico demuestra repetidamente que las características de sus vivencias y fantasías sexuales infantiles seguirán marcando por el resto de la vida las formas como las personas viven, expresan e intentan satisfacer sus deseos sexuales.

En el planteamiento de Lacan (contrario a lo que se podría interpretar en una primera mirada) el no-toda fálica de la mujer no es un menos respecto al falo, sino que es un excedente.

…Doble dependencia que con frecuencia aparece bajo unas fachadas paradójicamente narcisistas: una, la mujer excesivamente pendiente de su cuerpo, su aspecto, su atuendo (narcisismo de vitrina, la mujer-maniquí); otra, aquella que no se enamora de un otro sino del amor que ese otro le puede ofrecer, y que parece enamorada de sí misma, cuando en realidad está tratando de compensar un profundo vacío en su narcisismo.

Masculino y femenino en la intersección entre el psicoanálisis y los estudios de género. Luis Santos Velásquez

El arte de amar – Erick Fromm

Con este texto, los jóvenes del siglo XXI, tienen la oportunidad de encontrar el extraviado camino en la comprensión del amor filial, del amor propio… Pero sobre todo, del amor sexual.

De cualquier manera, la sensación de enamorarse sólo se desarrolla con respecto a las mercaderías humanas que están dentro de nuestras posibilidades de intercambio.

En una cultura en la que prevalece la orientación mercantil y en la que prevalece el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema de intercambio que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.

…en realidad, consideran la intensidad de su apasionamiento, ese estar 《locos》el uno por el otro, como una prueba de la intensidad  de su amor, cuando sólo muestra el grado de su soledad anterior.

El hombre sólo puede ir hacia adelante desarrollando su razón, encontrando una nueva armonía humana en reemplazo de la prehumana que está irremediablemente perdida.

La necesidad más profunda del hombre es, entonces, la necesidad de superar su separatidad, de abandonar la prisión de su soledad. El fracaso absoluto en el logro de tal finalidad significa la locura, porque el pánico del aislamiento total sólo puede vencerse por medio de un retraimiento tan radical del mundo exterior que el sentimiento de separación se desvanece -porque el mundo exterior, del cual se está separado, ha desaparecido.

La polaridad de los sexos está desapareciendo, y con ella el amor erótico, que se basa en dicha polaridad.

Nuestra necesidad de amar está en la experiencia de separatidad y la necesidad resultante de superar la angustia de la separatidad por medio de la experiencia de la unión.

La vida no tiene otro sentido que el que el hombre le da; el hombre está completamente solo, salvo en la medida en que ayuda a otro.

Conocer y, no obstante, [pensar] que no conocemos es el más alto [logro]; no conocer [y sin embargo pensar] que conocemos es una enfermedad.

El amor no es el resultado de la satisfacción sexual adecuada; por el contrario, la felicidad sexual -y aun el conocimiento de la llamada técnica sexual es el resultado del amor.

Enamorarse linda siempre con lo anormal, siempre se acompaña de ceguera a la realidad, compulsividad, y constituye una transferencia de los objetos amorosos de la infancia.

En tanto, el amor sea una fantasía, pueden participar; en cuanto desciende a la realidad de la relación entre dos seres reales, se congelan.

El arte de amar – Erick Fromm

Erick Fromm- psicoanálisis de la sociedad contemporánea

EMERSON
Las cosas se han subido a la silla y cabalgan sobre la humanidad.

Pero muchos psiquiatras y psicólogos se resisten a sostener la idea de que la sociedad en su conjunto pueda carecer de equilibrio mental, y afirman que el problema de la salud mental de una sociedad no es sino el de los individuos “inadaptados”, pero no el de una posible inadaptación de la cultura misma.

El objetivo de todo el desarrollo socioeconómico del mundo occidental es el de una vida materialmente confortable, una distribución relativamente equitativa de la riqueza, democracia y paz estables, ¡y los mismos paísrs que han llegado más cerca de ese objetivo muestran los síntomas más graves de desequilibrio mental!

El criterio para juzgar de la salud mental no es el de la adaptación del individuo a un orden social dado, sino un criterio universal, válido para todod los hombres: el de dar una solución suficientemente satisfactoria al problema de la existencia humana.

Si una persona no llega a alcanzar la libertad, la espontaneidad y una expresión auténtica de sí misma, puede considerarse que tiene un defecto grave, siempre que supongamos que libertad y espontaneidad son las metas que debe alcanza

r todo ser humano. Si la mayoría de los individuos de una sociedada dada no alcanza tales metas, estamos ante el fenómeno de un defecto socialmente modelado.

Spinoza formuló muy claramente el problem del defecto socialmente modelado. Dice: “Muchas personas se sienten poseídas de un mismo afecto con gran persistencia. Todos sus sentidos están tan profundamente afectados por un solo objeto, que creen que este objeto está presente aún cuando no lo está. Si esto ocurre mientras la persona esté despierta, se la cree perturbada… Pero si la persona codiciosa sólo piensa en dinero y riquezas, y la ambiciosa sólo en fama, no las consideramos desequilibradas, sino únicamente molestas, y en general sentimos desprecio hacia ellas. Pero en realidad  la avaricia, la ambición, etc., son formas de locura, aunque habitualmente no las consideremos ‘enfermedades'”.

La existencia humana difiere en este respecto de la de todos los demás organismos : se halla en un estado de desequilibrio constante e inevitable. La vida del hombre no puede “ser vivida” repitiendo el patrón o modelo de su especie: tiene que vivirla él. El hombre es el único animal que puede aburrirse, que puede sentirse expulsado del paraíso. El hombre es el único animal para quien su propia existencia constituye un problema que tiene que resolver y del cual no puede escapar. No puede regresar al estado prehumano de armonía con la naturaleza; tiene que seguir desarrollando su razón hasta hacerse dueño de la naturaleza y de sí mismo.

No hay más que un camino que pueda seguir: salir por completo de su patria natural, y encontrar una nueva patria, una nueva patria creada por él, haciendo del mundo un mundo humano y haciéndose él mismo verdaderamente humano.

La necesidad de encontrar soluciones siempre nuevas para las contradicciones de su existencia, de encontrar formas cada vez más elevadas de unidad con la naturaleza con sus prójimos y consigo mismo, es la fuente de todas las fuerzas psíquicas que mueven al hombre, de todas sus pasiones, afectos y ansiedades.

Ni aun la satisfacción más completa de todas sus necesidades instintivas resuelcr si problema humano; sus pasiones y neceidades más intensas no son las enraizadas en su cuerpo, sino las enraizadas en la peculiaridad misma de su existencia.

Las fuerza más poderosas que motivan la conducta del hombre nacen de las condiciones de su existencia, de la “situación humana”.

Todas las pasiones e impulsos del hombre son intentos para hallar solución a su existencia, o, como también podemos decir, son un intento para evitar el desequilibrio mental. (Puede decirse, de pasada, que el verdadero problema de la vida mental no es por qué enloquecen algunas personas, sino más bien por qué no enloquece la mayor parte.)

…mientras tales pasiones tienden a crear la sensación de unión, destruyen la sensación de intregridad. La persona dominada por cualquiera de esas pasiones en realidad se hace dependiente de los demás; en vez de desarrollar su propio ser individual, depende de aquellos a quienes se somete o a quienes domina.

La voluntad de destruir surge cuando no puede satisfacerse la voluntad de crear. Pero la satisfacción de la necesidad de crear conduce a la felicidad, y la destructividad al sufrimiento, más que para nadie para el destructor mismo.

BACHOFEN: El aspecto positivo, de la adhesión a la figura materna, es el sentido de afirmación de la vida, la libertad y la igualdad que impregna la estructura matriarcal.
El aspecto negativo de la estructura matriarcal, al estar atado a la naturaleza, la sangre y el suelo, el hombre se ve imposibilitado de desarrollar su individualidad y su razón. Es siempre un niño e incapaz de progreso.

Los aspectos positivos del complejo patriarcal son: razón, disciplina, conciencia e individualismo; los aspectos negativos son: jerarquía, opresión, desigualdad, sumisión.

La contradicción entre el principio del deber y el principio del amor, entre la conciencia paterna y la materna, es una contradicción inherente a la existencia humana, y hay que aceptar los dos términos de la contradicción. La conciencia que sigue únicamente las órdenes del deber es una conciencia tan falseada como la que únicamente sigue las órdenes del amor. Las voces del padre y de la madre, interiores, no sólo hablan de la actitud del hombre consigo mismo, sino de su actitud hacia todos los hombres. Debe juzgar a sus prójimos con su conciencia paterna, pero al mismo tiempo debe escuchar en sí mismo la voz de la madre que ama a todas las criaturas, a todo lo que vive, y que perdona todas las transgresiones.

La persona que no se ha librado de los vínculos de la sangre y el suelo aún no ha nacido del todo como ser humano; su capacidad de amor y de razón está tullida; no siente a sí mismo ni a sus prójimos en su realidsd humana.

Sólo cuando el hombre logre desarrollar su razón y su amor más que hasta ahora, sólo cuando pueda organizar un mundo a base de solidaridad humana y de justicia, sólo cuando pueda sentirse enraizado en un sentimiento de fraternidad universal, habrá encontrado una forma nueva y humana de arraigo, habrá transformado su mundo en una patria verdaderamente humana.

¿Hay algo más evidente que el hecho de que los individuos arriesgan sus vidas, renuncian al amor, renuncian a la libertad, sacrifican sus ideas, para sentirse uno más del rebaño e identificado con él, con lo que adquieren un sentimiento de identidad, aunque sea una identidsd ilusoria?

No tiene dificultad en obrar irracionalmente, pero le resulta casi imposible no dar a su acción la apariencia de una motivación razonable.

Únicamente mediante el trabajo productivo se relaciona con la naturaleza, identificándose con ella, pero, no obstante, sin sumergirse en ella. Mientras el hombre permanece enraizado incestuosamente en la naturaleza, en la madre o en el clan, no puede desarrollar su individualidad, su razón; es una presa inerme de la naturaleza y, sin embargo, nunca puede sentirse identificado con ella. Únicamente desarrollando su razón y su amor, únicamente pudiendo sentir el mundo social y el natural de una manera humana, puede sentirse en su patria, seguro de sí mismo y dueño de su vida.
….Es fácil ver que sólo un sentimiento de identidad basado en la sensación de sus propias fuerzas puede proporcionar vigor, mientras que todas las formas de sentimiento de identidad basadaz en el grupo hacen al hombre dependiente y, por lo tanto, débil. Finalmente, sólo en la medida en que capta la realidad, puede hacer suyo este mundo; si vive de ilusiones, no modificará nunca las condiciones que esas ilusiones requieren.

La salud mental se caracteriza por la capacidad de amar y de crear, por la liberación de los vínculos incestuosos con el clan y el suelo, por un sentimiento de identidad basado en el sentimiento de sí mismo como sujeto y agente de las propias capacidades, por la captación de la realidad interior y exterior a nosotros, es decir, por el desarrollo de la objetividad y la razón.

Cualquier hombre procedente de una fase primitiva de cultura alcanzaría la perfección del hombre en la cima de su evolución, siempre que se le ofrecieran las condiciones culturales para esa madurez.

…Si el individuo no ha desarrollados su razón y su capacidad de amor, es incapaz de soportar el peso de la libertad y de la individualidad, e intenta huir hacia ataduras artificiales que le proporcionan la sensación de vinculación y arraigo. En la actualidad, toda regresión desde la libertad hacia un arraigo artificial en el estado o en la raza es síntoma de enfermedad mental, ya que tal regresión no corresponde a la fase evolutiva ya alcanzada y tiene por consecuencia fenómenos indiscutiblemente patológicos.

La civilización, para Freud, es el producto de la frustración de los instintos y, por lo tanto, la causa de las enfermedades mentales.

Carácter social, núcleo de la estructura de carácter compartida por la mayoría de los individuos de la misma cultura, a diferencia del carácter individual, que es diferente en cada uno de los individuos pertenecientes a la misma cultura.

La función del carácter social consiste en moldear y canalizar la energía humana dentro de una sociedad determinada a fin de que pueda seguir funcionando aquella sociedad.

En realidad, parece que, no obstante la prosperidad material y libertad política y sexual, el mundo de mediados del siglo XX está mentalmente más enfermo que el de mediados del siglo XIX. Ciertamente, “no corremos peligro de convertirnos en esclavos, sino de convertirnos en autómatas”, como dijo Adlai Stevenson de manera tan concisa.

Cada una de tus relaciones con el hombre y con la naturaleza tiene que ser una expresión definida de tu vida real, individual, correspondiente al objeto de tu voluntad. Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor como tal no produce amor, si mediante una expresión de vida como persona amante no haces de ti mismo una persona amada, entonces tu amor es impotente, es una desgracia.

Consumire s esencialmente satisfacer fantasías artificialmente estimuladas, una creación de la fantasía ajena a nuestro ser real y concreto

…Con una multitud de mercancías crece el campo de las cosas ajenas que esclavizan al hombre.

El acto de comprar y consumir se ha convertido en una finaldad compulsiva e irracional, porque es un fin en sí mismo, con poca relación con el uso o el placer de las cosas compradas y consumidas.

¿Cuál es la relación con sus semejantes del hombre moderno?
Es una relación entre dos abstracciones, entre dos máquinas vivientes que se usan recíprocamente.
Todo el mundo es una mercancía para todo el mundo, tratada siempre con cierta amistad, porque si no es usada ahora puede serlo más tarde.

El hombre sólo puede realizarse a sí mismo si está en contacto con los hechos fundamentales de su existencia, si puede experimentar la exaltación del amor y de la solidaridad lo mismo que el hecho trágico de su soledad y del carácter fragmentario de su existencia.

Aunque Adam Smith creía que esta necesidad de cambio era parte integrante de la naturaleza humana, en realidad es un síntoma de la abstratificación y la enajenación inherentes al carácter social del hombre moderno.

Marx – el hombre en la sociedad capitalista “El tiempo lo es todo; el hombre no es nada, no es más que el esqueleto del tiempo.”

¿Quién puede decir si un momento feliz de amor, o la alegría de respirar o pasear en una mañana brillante y de aspirar el aire fresco, no vale por todos los sufrimiento y el esfuerzo que la vida supone? La vida es un regalo y una incitación únicos, que no pueden medirse por ninguna otra cosa, y no puede darse ninguna contestación razonable a la pregunta de si “vale la pena” vivirla, porque la pregunta no tiene sentido.

… el fin de la vida es desenvolver el amor y la razón del hombre, y que todas las otras actividades humanas tienen que subordinarse a ese fin.

¿Cómo puede, además, desarrollarse la conciencia cuando el principio de la vida es la conformidad? La conciencia es, por su misma naturaleza, disconforme, debe poder decir no, cuando todos los demás dicen sí; y para decir ese “no” tiene que estar cierta de la rectitud del juicio sobre el cual se basa el no.

El carácter enajenado y profundamente insatisfactorio del trabajo produce dos reacciones: una, el ideal de la ociosidad total; otra, una hostilidad  hondamente arraigada, aunque inconsciente muchas veces, hacia el trabajo y hacia todas las cosas y personas relacionadas con él.

Si uno no puede obra efectivamente, tampoco puede pensar productivamente.

No podemos estar seguros de las consecuencias de nuestros mejores esfuerzos. El resultado depende siempre de muchos factores que escapan a nuestra capacidad de control.

La tarea psíquica que una persona puede hacer en favor suyo no es sentirse segura, sino ser capaz de tolerar la inseguridad sin pánico ni miedo indebido.

El hombre libre es por necesidad inseguro; el hombre que piensa es por necesidad indeciso.

El hombre mode

no está esencialmente solo, tiene que sostenerse sobre sus propios pies y valerse por sí mismo. Puede conseguir la sensación de seguridad solamente desarrollando la entidad única y particular que es “él” hasta un punto en que verdaderamente pueda decir “yo soy yo”.

Este resultado es posible únicamente si desarrolla sus capacidades activas en tal medida que pueda relacionarse con el mundo sin tener que sumergirse en él; si puede lograr una orientación productiva.

Con objeto de protegerse contra el peligro de sufrir por amor, el hombre, pero sólo una “pequeña minoría”, puede transformar las funciones eróticas del amor transfiriendo “el principal valor del acto de ser amado a su propio acto de amar” y “consagrando su amor no a objetos individuales, sino a todos los hombres por igual”. De esta suerte, “evitan las incertidumbres y desengaños del amor genital apartándose de su finalidad sexual y modificando el instinto en un impulso con un objetivo inhibido…

La salud mental  es para Freud la plena satisfacción de la capacidad de amar, que se logra si el desarrollo de la libido ha alcanzado la etapa genital.

¡Alimente usted el amor, como alimenta usted la seguridad, el conocimiento y todo lo demás y tendrá usted una persona feliz!

La salud mental, en el sentido humanista, se caracteriza por la capacidad para amar y para crear, por la liberación de los vínculos incestuosos con la familia y la naturaleza, por un sentido de identidad basado en el sentimiento del yo que uno tiene como sujeto y agente de sus potencias, por la captación de la realidad interior y exterior a nosotros, es decir, por el desarrollo de la objetividad y la razón.

La persona mentalmente sana es la que vive por el amor, la razón y la fe, y que respeta la vida, la suya propia y la de su semejante.

“¿Tendrá el hombre de hoy fuerza para hacer lo que el espíritu demanda de él y que la época probablemente querrá impedir?

EINSTEIN El hombre puede encontrarle sentido a la vida, aun siendo como es corta y peligrosa, únicamente consagrándose s la sociedad.

El hombre es el fin, y no debe ser empleado nunca como un medio; la producción material es para el hombre, no el hombre para la producción material; la finalidad de la vida es el despliegue de las potencias creadoras del hombre; la finalidad de la historia es la transformación de la sociedad en otra gobernada por la justicia y la verdad: ésos son los principios en que, explícita o implícitamente, se basaban todas las críticas contra el capitalismo moderno.

LINCOLN El desenvolvimiento del individuo sólo puede tener lugar en el juego de la dura competencia por la vida.

“El egoísmo es la fuerza motriz que hace a la especie humana lo que es, para bien o para mal. Por consiguiente, es la fuerza de que dependemos, y que debemos guiar adecuadamente, si la especie humana ha de progresar.”

El hombre libre es el hombre rico, pero no el hombre rico en el sentido económico, sino en el sentido humano. Para marx, el hombre rico es el que es mucho, no el que tiene mucho.

Para Marx, el socialismo es “una asociación en que el desenvolvimiento libre de cada uno es la condición básica para el desenvolvimiento de todos”,

La indolencia, lejos de ser normal, es un síntoma de desarreglo mental.

Lucharás ante todo contra ti mismo, contra todos los vicios que degradan al hombre, contra todas las pasiones que lo esclavizan y son nocivas para la vida social: orgullo, avaricia, lujuria, codicia, glotonería, ira, pereza.
“Mantendrás que hay bienes que valen más que la vida misma: la libertad, la dignidad humana, la verdad, la justicia…”

LIBERTAD
Un hombre no puede ser verdaderamente libre, sino con tres condiciones:
Libertad económica.
Libertad intelectual.
Libertad moral.

En suma, nuestros hábitos de derroche revelan un olvido infantil de las realidades de la vida humana, de mucha económica por la existencia que nadie puede rehuir.

El capital debe servir al trabajo, las cosas deben servir a la vida. En vez de la orientación explotadora y acumulativa, predominante en el siglo XIX, y de la orientación receptiva y mercantil predominante en la actualidad, debe ser la orientación productiva el fin al cual sirvan todos los dispositivos sociales.

…El destino del hombre es que su existencia se vea acosada por contradicciones que tiene que resolver sin llegar nunca a resolverlas.

Erick Fromm- psicoanálisis de la sociedad contemporánea

Lo inconsciente social – Erick Fromm

El hombre es una totalidad y tiene la necesidad de estar relacionado con el mundo.

El hombre se entiende, ante todo, como ser social; lo inconsciente interesa en primer lugar como lo inconsciente social y lo reprimido social; los impulsos del hombre obedecen a lo contradictorio, específicamente humano, de su situación, que se manifiesta en una necesidades solamente peculiares suyas, y cuya satisfacción obtiene siempre en modo social.

Descubrimientos más importantes de la doctrina de Freud:
1. El hombre está determinado en gran medida por instintos que son esencialmente irracionales, que chocan con su razón, sus normas morales y las normas de su sociedad.
2. La mayoría de estos instintos no le son conscientes. El se explica su acción como una consecuencia de motivos razonables (la “justifica”), mientras que obra, siente y piensa obedeciendo a las f

uerzas inconscientes que mueven su conducta.
3. Toda tentativa de llevar a su conciencia la existencia y la acción (de estos impulsos inconscientes) choca con una defensa enérgica, una resistencia, que puede tomar muchas formas.
4. Aparte de esta dotación constitucional, el desarrollo del hombre está determinado en gran medida por las circunstancias de su niñez.
5. Los móviles inconscientes del hombre pueden reconocerse por deducción (interpretación) de sus sueños, síntomas y actos triviales indeliberados.
6. Los conflictos entre la idea consciente que tiene el hombre de sí mismo y de las cosas, por una parte, y las fuerzas que lo mueven inconscientemente, por otra, en caso de alcanzar una intensidas que pase de cierto límite, pueden provocar perturbaciones mentales como una neurosis, rasgos de carácter neuróticos, o un estado general, difuso, de indiferencia, angustia, depresión, etc.
7. Si las fuerzas inconscientes se hacen conscientes, este cambio tiene un efecto particularísimo: el síntoma suele desaparecer, hay un aumento de energía y se vive con más alegría y libertad.

Es hombre libre el que se conoce a sí mismo, pero de una manera nueva: habiendo atravesado la capa engañosa de la mera conciencia y comprendiendo la realidad oculta en su interior.

Los primeros descubrimientos de Freud históricamente importantes fueron: 1) la existencia de poderosas fuerzas irracionales que mueven al hombre: 2) el carácter inconsciente de estas fuerzas: 3) su función patógena (en ciertas circunstancias): y 4) el efecto de curación y liberación de hacer consciente lo inconsciente.

Estaban convencidos de que el mundo progresaba cada vez más  que incluso los obstáculos y los inconvenientes habrían de convertirse en ventaja.

Para

el romanticismo, lo irracional no es algo fuera de razón que se deba comprender para supera

r, sino, por el contrario, la fuente de la sabiduría, que se debe estudiar, comprender y apropiar para enriquecer y profundizar la vida.

Todo pensador creativo descubre más de lo que puede darse cuenta y es capaz de expresar.

La 《esencia》 del hombre es un conflicto que sólo existr en él: la oposición entre ser de la Naturaleza, estando sujeto a todas sus leyes y, al mismo tiempo, trascender la Naturaleza, porque el hombre, y sólo él, es consciente de sí y de su existencia; es, de hecho, en la Naturaleza el único caso en que la vida se ha hecho consciente de sí.

Lo que el hombre puede hacer de sí mismo y lo que puede desear son las diversas posibilidades derivadas de su esencia, que no es otra cosa sino su conflicto existencial-biológico y psíquico.

El hombre necesita del mundo porque sin el mundo él no puede ser.

Lo que importa es comprender la cualidad de la experiencia sexual. La satisfacción sexual se ha convertido, en gran medida, en un artículo de consumo, con las características de cualquier otro consumo moderno, al que mueven, sobre todo, el aburrimiento, la depresión oculta y la angustia, siendo el acto de la satisfacción en sí vano y superficial.

Unicamente el pleno desarrollo de todas sus potencialidades puede capacitarlo para encarar su real desamparo sin buscar refugio en la《fantasía paradisíaca》.

Cuanto más poderoso se haga el ídolo, tanto más se empobrecerá la persona. Sólo estando en relación con el ídolo puede tratar de mantenerse en relación consigo misma. El ídolo, obra de sus manos y de su fantasía, la supera y la domina.

El fenómeno de la transferencia debe entenderse como manifestación de que, en lo hondo de su inconsciente, la mayoría de los hombres se sienten como niños y, por tanto, anhelan una figura poderosa en la que confiar y a la cual rendirse.

…este anhelo no es necesariamente -y nunca exclusivamente- la reproducción de una experiencia infantil, sino que forma parte de la 《condición humana》.

La necesidad de impotencia y, por tanto, la necesidad de ídolos es menos intensa cuanto más logre una persona deber su existencia a sus propios esfuerzos activos; cuanto más desarrolle su capacidad de amor y razón; cuanto más tenga un sentimiento de identidad, no transmitido por su papel social, sino arraigado en la autenticidad de su ser; cuanto más sepa dar y más relacionado esté con otros sin perder su libertad e integridad; y cuanto más conozca su inconsciente, de modo que nada humano en sí mismo y en los demás le sea ajeno.

…Pero, ¿no es verdad que el infantilismo está destinado a ser superado? El hombre no puede permanecer enteramente niño, a la postre tiene que lanzarse fuera, a la “vida hostil”. Puede llamarse a esto “educación para la realidad”.

La cuestión verdadera es por qué se reprimrn ciertas cosas y a qué se deben las respectivas diferencias dr rigor de la represión.

Como la vida del hombre se ha dedicado sobre todo a la lucha por la existencia, se ha llamado《conciencia》 la relativa a esta finalidad de existir y se ha considersdo que la otra conciencia, la totalmentr liberada de obligaciones externas, es lo inconsciente. En realidad, ambas son modos completamente distintos de lógica y experiencia, que dependen de dos modos distintos de ser y actuar. Lo《inconsciente》se presenta como arcaico, irracional y punitivo únicamente desde el punto de vista vulgar, o sea, del pensamiento relativo a la acción práctica. Desde el punto de vista de la libertad, no es ni una pizca menos racional ni ordenado que la conciencia.

No estamos enterados de que el amor y la libertad son abstracciones, que no podemos《tenerlos》, sino que sólo podemos amar y liberarnos, cosa que no hacemos.

Saber lo que no somos es menos espantoso que enterarnos de lo caótico inconsciente, pero sigue siendo muy incómodo. Inconsciencia equivale a desconocimiento de la verdad. Llegar a conocer lo inconsciente significa descubrir la verdad.

…La verdad no es una afirmación definitiva sobre algo, sino un paso en el camino del desengaño. El conocimiento de lo inconsciente llega

a ser un elemento esencial de la búsqueda de la verdad y, la educación, una acción de desengaño.

RONALD D. LAING:《La psicoterapia debe ser el decidido intento de dos personas de recuperar la integridad de lo humano mediante la relación entre ambas》. Y declara:《La relación terapéutica con un objeto que modificar, en vez de con una persona que aceptar, no hace sino perpetuar la enfermedad que pretende curar》.

En contra de esta moda del《hablar de》, creo que el estar en silencio y concentrad, y queriendo traer lo inconsciente a la conciencia puede dar mejor resultado que el estar hablando constantemente con los demás. La solución ideal quizás esté en la posibilidad de comunicarse tranquilamente con otra persona, que, si dice algo, sea para hacer unss cuantas preguntas y manifestar lo que entienda de la comunicación inconsciente: es como debiera ser la situación en la terapia psicoanalítica.

E. Fromm: Estoy convencido de que la investigación en el terreno de la psicología social analítica puede contribuir en gran manera a identificar los elementos patológicos de una sociedad enferma y los factores sociales patógenos que producen e incrementan la《patología de la normalidad》.

La ambición, la envidia, la ira, la avaricia y la codicia (los pecados clásicos, que en la terminología freudiana son consecuencia de anhelos pregenitales) estorban la plena relajación. El problema《espiritual》, del ser, frente a la pasión de tener, no puede separarse del de la plena relajación.

La forma del cuerpo, la postura, el paso, los gestos, las expresiones faciales y la manera de respi

rar y hablar dicen tanto, o más, sobre lo inconsciente de una persona que casi cualesquiera otros datos de los que suele emplear el psicoanálisis.
En sus movimientos físicos, no sólo se ve el carácter de una persona -en especial, sus aspectos inconscientes-, sino también aspectos particularmente importantes de perturbaciones neuróticas.

Georg Groddeck aseguraba que lo inconsciente se comprendía mejor entendiendo el cuerpo como símbolo del alma.

Esta comunicación sólo es posible si él siente en sí mismo lo que sucede en el paciente, no si se enfrenta a él sólo cerebralmente: viendo, viendo y viendo, y pensando lo poquísimo que sea absolutamente necesario; y además, si renuncia al espejismo de que él está 《bien》y el paciente está 《enfermos》. Ambos son hombres, y si la experiencia del paciente, incluso del más enfermo, no toca una fibra vital del analista, no podrá éste comprender al paciente.

El paciente no 《tiene》un problema: es una persona que sufre por su modo de ser.

El conocimiento reconstruido no tiene efecto curativo, y no es más que la aceptación intelectual de hechos y teorías reales o supuestos. Desde luego, si se transmite, franca o implícitamente, la sugestión de que el conocimientode estos hechos curará el síntoma, el poder de la sugestión -justo como un exorcismo- quizá produzca una 《curación》, aunque no analítica.

No es el pasado en sí lo interesante para el psicoanálisis, sino el pasado en tanto está presente.
Mirando principalmente al pasado, y esperando que el presente sea repetición suya, se tiende a simplificar demasiado y a no tener en cuenta que mucho de lo que parece ser repetición no lo es, y que lo reprimido ahora es toda una trama, un《plan oculto》que determina la vida de una persona, no singulares hechos sensibles, como el miedo a la castración, el apego a la madre, etc.

Lo que hace tan difícil el éxito es precisamente esta necesidad de dolorosa modificación de la forma de vida.

Sólo hay un medio para vencer la locura potencial: la plena conciencia de sí mismo.

El yo es el que puede decir, con Goethe:《Lo he abandonado todo; por eso, el mundo es mío.》Entonces, la vida no puede evitarnos, porque《la vida que trato de comprender es el yo que trata de comprenderla》(Ronald D. Laing)

Budismo Zen:《Primero, las montañas son montañas y los ríos son ríos; después, las montañas no son montañas y los ríos no son ríos; finalmente, las montañas son montañas y los ríos son ríos.》
Daisetz T. Suzuki:《El iluminado anda por la tierra, sólo que unos centímetros por encima》.

El goce sexual se considera como un derecho incondicional e inalienable de toda persona.

El consumo es la forma enajenada de estar en relación con el mundo: hacer del mundo un objeto de mi codicia, no de mi interés y preocupación.

El sadismo es una forma de intensa relación personal, por la que el sádico necesita hacerse dueño de otra persona para completarse, es decir, que se trat de una relación simbiótica. Quiere y necesita al otro apasionadamente, pero no amatoriamente…Se apega ansiosamente al otro, a su propia manera sádica. Es éste el motivo por el cual el sadismo, como otras formas de apego intenso, incita fácilmente la sexualidad genital y se mezcla con ella.

Marcuse《Lo esencial de la sexualidad polimorfa es que el hombre, para llegar a ser plenamente él mismo, tiene que regresar, volviendo a ser niño, y que esta regresión ha de manifestarse en un nuevo florecimiento de la sexualidad pregenital.

Para Marcuse, la liberación de la explotación y de la autoridad irracional se acompaña de la liberación de la sexualidad,《constreñida por la supremacía genital, en erotización de la personalidad entera》

Según Marcuse《La reactivación de la sexualidad polimorfa y narcisista deja de ser una amenaza a la cultura y puede llevar por sí misma a la constitución de una cultura si el organismo no existe como una herramienta de trabajo enajenado, sino como sujeto de la realización de sí mismo: con otras palabras, si el trabajo socialmente útil es al mismo tiempo la satisfacción nítida de una necesidad individual.

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Lo inconsciente social – Erick Fromm